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Keynes y La Crisis Europea
miércoles, 20 de junio de 2012
Profesor, Escuela de Negocios Universidad Adolfo Ibáñez

Arturo Cifuentes
La crisis Europea partió con un problema financiero: una supuesta falta de liquidez que terminó siendo insolvencia. De ahí pasó a ser un problema político debido a la inoperancia de los llamados "líderes". Y ahora ya está entrando en una etapa existencial. Es decir, estamos en el momento de las preguntas claves: ¿Debería existir el euro? ¿Se puede mezclar a países "serios" con países "irresponsables"? ¿Son los mediterráneos diferentes a los nórdicos?

Durante la primera guerra mundial Keynes trabajó para el Ministerio de Finanzas de Inglaterra y en Junio de 1919 participó en la conferencia de París (Versalles) como representante de dicho ministerio. Eventualmente renunció a estas responsabilidades desilusionado. Primero, porque los términos del tratado de Versalles, en su opinión, imponían a Alemania unas condiciones brutales y poco prácticas. Y segundo, porque en general consideraba que la conferencia había sido un fracaso en cuanto a referirse en forma efectiva a los problemas económicos de Europa. El libro Las Consecuencias Económicas de la Paz, publicado en 1920, cuando Keynes tenía 37 años, captura sus reflexiones después de estas experiencias. El libro no fue muy bien recibido por el establishment europeo. Pero el tiempo le dio la razón a Keynes.

El tono del libro refleja un sentimiento de pesimismo profundo. Y la prosa, hay que ser honesto en esto, es un poco pesada. Las ideas sin embargo son brillantes. En cuanto a lo anecdótico, llama la atención el juicio lapidario de Keynes con respecto al presidente Woodrow Wilson, que asistió representando a Estados Unidos.

Según Keynes, Wilson parecía inculto, con una gran falta de sensibilidad con respecto a todo lo que le rodeaba, y se mostraba como un incompetente en las reuniones. Más aún, no entendía ni sabía nada de Europa, y expresaba ideas nebulosas, confusas, y poco elaboradas. Es imposible leer las varias páginas que Keynes le dedica a Wilson sin pensar en George Bush (hijo).

Pero vamos a lo sustancial.

Keynes denuncia como contraproducentes las onerosas condiciones que se le estaban imponiendo a Alemania después de claudicar. Estas condiciones comprendían: pagos compensatorios a los aliados; confiscación de la flota mercante; restricciones en el ejercicio del comercio internacional; restricciones en la operación de sus minas de carbón; y expropiación de territorios y posesiones fuera de Alemania. Keynes estimaba que la excesiva severidad de estas sanciones iba a terminar por destruir la economía alemana, y por lo tanto, harían el pago de cualquier compensación imposible. Pero lo que más le preocupaba era que iban a reducir a una generación entera de alemanes a una situación de servidumbre inmoral y cruel.

Guardando las distancias, es prudente recordar estas advertencias al considerar las condiciones de austeridad que se le quieren imponer a los griegos o a otros países en crisis. Más todavía, si uno considera que un colapso económico tiene el riesgo de terminar por llevar al poder a grupos extremistas o gatillar situaciones cercanas a una guerra civil.

En el marco de la actual crisis es entendible –al menos desde un punto de vista emocional—que Angela Merkel quiera aprovechar este momento de fortaleza aparente para dictar lecciones morales e imponer castigos draconianos en aquellos países irresponsables. La realidad, sin embargo, es un poco más compleja. No se trata de condonar las conductas y prácticas Griegas (que son indefendibles) sino que de ser pragmático. Si a todos mis vecinos se les quema su casa, la mía, aunque se salve del incendio, no va a valer mucho. Y la verdad es que Angela Merkel ya tiene las llamas en el patio de la casa.

Curiosamente, en estos meses de crisis, la figura de Keynes ha estado vinculada solo al debate relacionado con los méritos de un estímulo fiscal. Sin embargo, sus observaciones con relación a las consecuencias de sanciones económicas extremas son igualmente relevantes. Las trágicas condiciones que se retroalimentaron para llevar a Hitler al poder –sentimiento nacional de humillación más colapso de la economía—podrían reaparecer en un marco helénico. O tal vez en otro. Mejor ni pensarlo.

Por último, un dato interesante, pero tal vez olvidado por muchos.

El tratado de Maastrich específico un límite máximo para el déficit fiscal (3% del PGB) y sanciones para los transgresores. Pues bien, en Noviembre de 2003, Alemania y Francia, que estaban en violación, se coludieron y le doblaron la mano a las autoridades. Convencieron a los ministros de finanzas de la eurozona de que no se les aplicara la sanción pertinente y negociaron una “regla de excepción” más “flexible”. Gerhard Schroeder, el entonces canciller alemán, opinó que la enmienda “era razonable”. España, sin embargo, se opuso tenazmente y José María Aznar resumió este sentimiento con un escueto pero inequívoco: “un mal día para Europa”. Las ironías de la vida.

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