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Los juicios finales de Milton Juica

sábado, 18 de agosto de 2018

por Estela Cabezas Fotos Sergio Alfonso López
Reportaje
El Mercurio

Con una trayectoria marcada por causas emblemáticas de derechos humanos, el expresidente de la Corte Suprema habló con "Sábado" sobre los momentos claves de sus 50 años en el poder judicial. Aquí, cuenta cómo logró las confesiones en los casos Degollados y Operación Albania, asegura que un enfoque "tremendamente represivo" solo creará más cárceles y delincuentes, y opina que los recientes beneficios entregados a reos de Punta Peuco son "una mala noticia para el mundo de los derechos humanos".



-¿Cómo le gustaría ser recordado?

-Como un juez consecuente.

-¿No como un juez justo?

Milton Juica, el recién jubilado juez de la Corte Suprema, toma aire y esboza una sonrisa. No dice nada más.

El arrepentimiento

El 31 de julio pasado, Milton Juica vio las noticias preocupado. Ese día supo que la Corte Suprema había acogido los recursos de amparo presentados por las defensas de cinco condenados por crímenes de lesa humanidad. Se trataba de la Segunda Sala, la misma que él había integrado en los últimos 18 años y que solo seis días antes había abandonado, acogiéndose a retiro tras 52 años en el Poder Judicial, donde llegó a ser presidente de la Corte Suprema entre 2010 y 2012.

En una decisión unánime, la sala, hoy integrada por Hugo Dolmetsch, Carlos Künsemüller, Manuel Valderrama, Ricardo Buaudad y Antonio Barra, revocó las decisiones que habían negado el beneficio de libertad condicional a los reos de Punta Peuco.

Con las redes sociales en llamas, Juica fue trending topic durante varias horas. La mayoría de los tweets en los que fue mencionado eran de personas lamentándose de que él ya no perteneciera al Poder Judicial.

Con una trayectoria marcada por el papel que jugó en casos emblemáticos de violaciones a los derechos humanos en dictadura, Juica fue ministro en visita en casos como Degollados y Operación Albania. Su labor en ambas cusas, según él mismo ha contado, le valió el veto político de la derecha que no permitió que integrara el máximo tribunal. "En la Corte Suprema tuve votos suficientes para integrar la quina [...]. Era evidente que en el Senado estaba complicada la cosa. En este tiempo existía la llamada 'bancada militar' [...]. Tampoco hice mayor cuestión, porque ya tenía experiencia en estas cosas", dijo en una entrevista en The Clinic.

Finalmente, llegó al máximo tribunal chileno en 2001, cuando fue nominado por el ex Presidente Ricardo Lagos.

-¿Sabía que cuando jubilara, esta doctrina de no dar libertad condicional a personas involucradas en crímenes de lesa humanidad iba a cambiar en su sala? ¿Fue una sorpresa para usted?

-En el Poder Judicial no hay sorpresas, las cosas van moviéndose, los criterios van cambiando.

-Cuando se enteró de lo que había pasado, ¿qué pensó?

-Que era una mala noticia nomás para los derechos humanos.

-¿Por qué antes era distinto el criterio?

-Creo que lo que pasaba es que nos interiorizábamos bien de lo que había hecho la persona. El factor de gravedad, a pesar de que no está considerado en la ley, pesa un poco. Lo conversábamos bien y siempre había un ánimo de tener un voto unánime. Yo siempre traté de hacer eso.

-¿Cree que el arrepentimiento es necesario para cumplir los requisitos de la libertad condicional en casos de lesa humanidad?

-De acuerdo a la legislación, no es exigencia. Hay mucha gente que cree que fue injustamente condenada y no se le puede decir a esa persona que cree, legítimamente o no, que debió ser absuelta, que debe arrepentirse para obtener un beneficio. Por eso creo que lo único que sirve es estudiar muy a fondo cada caso.

La jubilación

Milton Juica nació en La Serena, ahí estudió en el Liceo de Hombres. Dice que era muy buen alumno, pero que cuando llegó a Santiago para estudiar derecho en la Universidad de Chile se dio cuenta de que la competencia sería dura.

-En la universidad había muchos alumnos del Instituto Nacional y eran todos muy buenos -recuerda.

Al llegar a Santiago se fue a vivir a una pensión en Alameda con Brasil. No fue un período fácil: su familia tenía muchas dificultades económicas.

-Por suerte, entonces la universidad era gratis, porque si no, yo jamás podría haber estudiado. Yo nunca me olvido de eso.

Lo primero que recuerda de la universidad es que cuando llegó le entregaron un carnet de socio del club Universidad de Chile. Él era fanático de ese equipo, pero sobre todo, dice, era fanático del fútbol: al llegar a derecho se unió al equipo de la facultad.

-Yo era el que hacía los goles -recuerda.

Al segundo año ya no pudo seguir jugando porque comenzó a trabajar para ayudar a su familia: partió en las vacaciones junto a un juez de su ciudad y luego, en la capital, comenzó a hacer suplencia en los juzgados de Santiago.

-Recibía mensualmente un sueldo que para mí era una fortuna, e inmediatamente le dije a mi papá que no me mandara ni un peso más.

Su padre era funcionario de investigaciones en la Cuarta Región.

-No era de esas personas que hablara mucho, menos de contarnos sus casos. Muchas veces salía en comisiones de servicio. Pero yo me sentía muy halagado de que él fuera funcionario, porque era muy trabajador y era muy honesto, la honestidad que él tenía era realmente increíble. No se casaba con nadie, no le importaba nadie. Él hacía su trabajo como correspondía, y a nosotros nos inculcaba eso.

Juica cuenta que, aunque como abogado privado habría ganado mucho más dinero, decidió ser juez porque se dio cuenta de que en el Poder Judicial podía ser absolutamente independiente. "Podía hacer mi trabajo, y si uno cumplía su labor, poniendo al día todos los asuntos, nadie te molestaba. Uno tenía la libertad de resolver, naturalmente desde el derecho, pero según su criterio. Y esa libertad me gustó", dice.

Milton Juica ahora está sentado en su oficina en el segundo piso del Palacio de Tribunales:

-Soy un jubilado feliz. Estoy muy de acuerdo con que los jueces deban jubilar obligatoriamente a los 75 años de edad. Esta es una modificación muy reciente, yo hice toda mi carrera cuando a los jueces nadie los podía remover. Trabajé como relator aquí en la Corte Suprema, nueve años, y en ese período no se movió ningún ministro y todos ya pasaban los 80 años y un poco más. Y yo me daba cuenta de que eso no estaba bien. Primero, porque no había movimiento y, segundo, porque, claro, la edad influye también en las decisiones. Se ven menos causas, se enferman, se demoran más los acuerdos, la decisión de asuntos. Y, a la larga, tantos ancianos no dan buena imagen de una justicia. Así que yo fui partidario absoluto cuando dijeron que iba a haber un límite. E, incluso, creo que 75 años es un exceso. Podría ser antes -dice.

Juica luego cuenta que seguirá yendo a la Corte Suprema durante un mes para terminar los juicios que tiene pendientes y ordenar sus cosas. Pero que se jubile del Poder Judicial, aclara, no significa que se quedará en casa: comenzará a trabajar a tiempo completo en la Universidad Andrés Bello (UNAB), donde además de hacer clases, desde hace 20 años es director del departamento de derecho procesal.

-No quiero molestar en mi casa -dice y sonríe.

Las confesiones

-Yo voté por Allende porque creía que era un buen cambio -dice Juica-. Pero creo que no hizo un buen gobierno, los partidos lo dominaron, la violencia se exacerbó mucho. Creía que él iba a poder terminar su gobierno y que la izquierda no iba a volver al poder [...]. Nunca pensé que iba a terminar con una dictadura. Y eso rompió con todo el orgullo que teníamos de país en términos republicanos. Se borró todo.

Milton Juica partió como juez en Andacollo en 1972. Ahí estaba para el golpe. Dice que desde un primer momento se supo que estaban deteniendo a muchas personas y de muertos en enfrentamientos, pero que, en un principio, no se enteró de detenidos desaparecidos.

-Cuando nos empezamos a enterar fue cuando pasó la Caravana de la muerte, habían comentarios. Y cuando llegué a Copiapó, en 1974, me enteré de primera fuente: un día me lo dijo también un auditor del ejército. Se le salió. Yo me quedé callado -recuerda.

De Copiapó, en 1976, Milton Juica se fue a Punta Arenas. En 1980 llegó como relator a la Corte Suprema en Santiago.

Muchas veces, cuenta, le tocó relatar recursos de amparo.

-Y era bien terrible, porque yo relataba y luego veía la sentencia y rechazaban todo. No había ningún interés en la Corte Suprema. Yo sentía un malestar interno. Decía: "Pucha, con un poquito de empeño podrían preguntar un poco más, poner en jaque", "¿cómo es posible que un organismo secreto como la CNI tenga tanto poder, que nadie lo pueda controlar?". Así era, nadie lo podía controlar. Y nadie preguntaba.

No fue una época fácil en el Poder Judicial, recuerda. Dice que había todo un sistema de espionaje de la CNI, que incluía una persona que estaba de punto fijo en los tribunales de justicia todo el tiempo.

-Era un funcionario que se daba vueltas, y todos sabían que era de la CNI. Él registraba y daba cuenta de qué es lo que pasaba en el Palacio de Tribunales. En esa época, si a uno se le ocurría hacer un reclamo, lo anotaba y lo pasaban a una ficha de la CNI.

Juica cuenta que de su período de relator de la Corte de Apelaciones, solo recuerda un recurso de amparo que fue acogido. Se trataba de una persona relegada.

-Fueron años terribles -dice.

En 1989 fue nombrado ministro de la Corte de Apelaciones. Ahí reemplazó al juez José Cánovas, quien se jubilaba. Como era costumbre, quien llegaba debía hacerse cargo de los casos de su antecesor. Así fue como llegó al secuestro y asesinato, ocurrido en 1985, de Santiago Nattino, Manuel Guerrero y José Manuel Parada: el caso Degollados.

-Cuando fui nombrado, sabía que tenía que sacarlo. Y tenía que revisar y estudiar todo. José Canovas había separado algunos hechos y los había enviado a la justicia militar. Él hizo un procesamiento que la Corte Suprema se lo echó abajo, entonces como que lo desmoralizó un poco. Cuando se jubiló, tomé yo el asunto. Y, a pesar de que él no estaba tan equivocado al suponer que los que habían actuado eran Carabineros, no tenía pruebas suficientes para acusar.

Fue así como Juica comenzó el trabajo más importante de su vida. Fue una "época dura", en la que llegaba tarde a su casa, los interrogatorios se extendían hasta entrada la madrugada, más de alguna vez sintió que lo estaban siguiendo, y sus hijos fueron amenazados de muerte.

Fueron varios llamados telefónicos los que recibió su esposa.

-Le dijeron "tenemos a tu hijo, está en unos juegos". Y, efectivamente, estaba en unos juegos flippers. Entonces, ahí comenzó la protección a los hijos y a toda la familia. No fue fácil [...]. Yo nunca creí que realmente fuera a pasar algo. No sentí temor de que pudieran llegar a ese extremo, pero eran amenazas que estaban ahí, así es que había que hacerles caso. Pero yo nunca tuve terror.

Eso pasó, dice, justo antes de que empezaran a aparecer los "peces gordos" del caso.

Milton Juica recuerda que lo más dramático de ese período fueron las confesiones, lo que le dijeron que habían hecho los acusados, el estado de ánimo de los presos.

En ese tiempo, un día cuando estaba haciendo clases en la Universidad Finis Terrae, hubo un anuncio de bomba. Él y todos pensaron que era por su investigación.

-Sí, me pasó, pero es una de las tantas cosas que a uno, como juez, le puede pasar. Pero quiero decirle que en Chile es muy segura la situación de los jueces, en otros países es terrible. En México, Argentina, incluso en España, cada ministro tiene dos custodias permanentes, acá no. En Chile los jueces, por suerte, tienen la posibilidad de hacer vida social, comunicarse con su familia, salir sin problemas. Son muy pocos los casos en que ha habido la necesidad de usar protección.

Al fin, el hilo que le llevó a encontrar a los culpables salió del lugar menos esperado: alguien había anotado la patente de un auto que le pareció sospechoso.

Milton Juica lo recuerda nítidamente:

-Había pasado un año. Y después de muchos interrogatorios, algunos funcionarios dijeron: "Mire, yo participé en secuestros de profesores", porque habían habido muchos. Los secuestraban y de ahí los soltaban porque andaban en la búsqueda de los tres que degollaron [...]. Sobre todo, de un dirigente de la Asociación Gremial de Educadores de Chile (Agech). Y, de repente, a mí me dicen: "Yo tengo que decirle algo...". Y ahí empecé.

Milton Juica no solo condenó a los culpables del caso Degollados, sino que dejó en claro que Rodolfo Stange, quien llegó a ser general director de Carabineros, miembro de la Junta de Gobierno y en democracia senador UDI, había encubierto el crimen: en marzo de 1994, Juica determinó abrir un proceso en contra de Stange en el caso Degollados, acusándolo de "incumplimiento de deberes militares y obstrucción a la justicia", y lo pasó a la justicia militar.

-Yo quedé bien conforme, porque hice un muy buen trabajo. Tuve mucha suerte de lograr evidencias que eran difíciles de conseguir y llegar al resultado de que todos los imputados reconocieron su participación, que asegura mejor las cosas. Porque, a veces, los imputados niegan. Niegan hasta el final. Entonces, uno opera por las presunciones, pero aquí no había esa posibilidad, había que condenarlos. Bueno, eso causó un impacto en la sociedad chilena. Yo nunca me imaginé lo que iba a pasar: tuvieron que cerrar Avenida España, donde estaba el Sexto Juzgado del Crimen, de los antiguos. Y llegó la gente, no sé si a manifestar su alegría o su rabia. Fue todo muy dramático -comenta sobre el día que dictó sentencia, el 27 octubre de 1995, cinco años después de haber tomado el caso.

-¿Usted nunca trabajó pensando que iba a sentar un hito del retorno a la democracia?

-No, yo lo único que quería era demostrar que se podía trabajar, que se podía hacer justicia en situaciones difíciles. Muchos abogados de las víctimas me decían: "¿Usted cree que va a llegar a un resultado?". Y yo respondía: "Bueno, eso es lo que estoy haciendo. Por lo menos, tenme fe". Eso quería yo.

Luego, Juica se hizo cargo de la investigación del asesinato de doce miembros del Frente Patriótico Manuel Rodríguez por parte de agentes de la CNI: la Operación Albania. Juica dice que ese caso fue "menos terrible", porque hubo más disposición de los imputados a cooperar. Y también ocurrió, como en el caso Degollados, que bastó que un agente dijera cómo había ocurrido para que los otros tuvieran que acomodar su versión a los hechos.

-¿Cómo logró las confesiones?

-Simplemente, le vas preguntando cosas que le van molestando o que lo obligan a pensar qué responder, y cuando piensan mucho o dan una respuesta equivocada, vas sacando indicios. Yo hacía buenos interrogatorios, porque daba mucha confianza a la gente.

-En términos públicos, hoy se tiene una sensación de que ahora hay menos logros, que ahora está la puerta giratoria, y que los jueces no meten a nadie preso.

-Antes de la reforma procesal era peor.

-Cuando usted va a dictar una pena, ¿en qué piensa?

-Siempre se piensa en el ser humano, por supuesto. Porque aquí estamos en un conflicto entre humanos. El delincuente es una persona que está dotada de derechos también. Y el juez tiene que ponerse en la situación. Pero, claro, el juez tiene la facilidad, por lo menos, de que el código penal, en el establecimiento de las penas, le da una latitud: "Oiga, el delito es grave, pero la persona tiene buenos antecedentes, no puede aplicarle el máximo, o tiene dos atenuantes". Entonces, ahí juega el juez. Porque el juez conoce al reo, que está tildado de una bestia y a veces no es tanto. Son personas que han caído en un espiral de violencia, en una sociedad violenta como la que vivimos hoy.

-¿Ha cambiado el delincuente chileno en estos últimos 50 años?

-En un sistema como el chileno, y en general americano, en que no hay ningún tipo de reinserción, es muy difícil tener una cierta seguridad si no hay una inversión del Estado en aras de entender a esa persona y procurar que se reintegre a la sociedad. Eso hoy por hoy es cero.

-Pero coincide con que los delincuentes hoy están más violentos, que valoran menos la vida.

-Es más violento ciento por ciento. Antes había crímenes violentos también, pero hoy hay una violencia mayor, y como que no le importa mucho al delincuente. Además, el tema del consumismo entró también a los delincuentes. El delincuente quiere tener cosas, y gozar de aquellas cosas. Y no para robarlas y venderlas, sino para gozarlas: ropa, celulares. Las redes sociales han impactado en eso. No es bueno.

Milton Juica dice que hay que trabajar en la reinserción.

-La cárcel es una escuela del delito. Si mete a alguien preso por un delito menor, asegura que esa persona luego va a cometer un delito mayor [...]. Debemos trabajar en la desigualdad. Aquí hay un gran grupo de compatriotas que tienen necesidades de alimentación, vivienda, educación y salud. Entonces, nosotros reaccionamos, y reaccionan los legisladores aplicando más penas. Y lo único que hacen es llenar las cárceles y crear más delincuentes. Aquí hay un enfoque tremendamente represivo.

Sobre las recientes "Rondas Preventivas" de Carabineros, opina:

-Todavía no sé si estas redadas que se hacen cumplen algún fin. Para mí, el fin que cumplen es la de infundir temor para que la gente no salga a la calle. Lo único que ha pasado es que volvimos a la época de la dictadura con un toque de queda: "No salga mucho a la calle porque puede haber una redada y lo pueden llevar preso", sobre todo a los jóvenes, y ellos son los más afectados en este país. También tienen muchas necesidades, y muchas necesidades de afecto, además. Y más si no hay una buena política de rehabilitación, con medidas financiadas [...]. Hablamos mucho del Sename, pero si no hay un peso para mejorar en infraestructura, educación, salud para esos niños, no hay mejora. Entonces, el problema de la delincuencia juvenil se soluciona, para algunos, bajando la edad, o sea, metiendo a más presos. Metamos presos hasta los niños. Y eso para mí no es una solución, no va a la raíz del problema.

-¿Es usted un juez de izquierda como dicen?

-Cuando era universitario me entusiasmó la idea de la izquierda y del Partido Comunista. Me sentí tentado, conversé con compañeros comunistas, muy buenas personas, muy buenos amigos. Pero no fue más que eso, porque yo siempre preferí el fútbol a la política, era deportista. Y la intención se terminó cuando opté por el Poder Judicial.

La despedida

El día que Milton Juica dejó el Poder Judicial, unas decenas de trabajadores hicieron una pausa en sus labores y formaron una larga fila para aplaudirlo mientras se retiraba del edificio. Él solo sonreía. Se le veía halagado y también incómodo. Conocido en los tribunales es su gusto por la discreción, tanto así que a diferencia de Carlos Cerda, quien se jubiló el mismo día, no dejó que le hicieran una comida de despedida.

-¿Para qué? -se justifica.

Milton Juica está sentado en su oficina en el tercer piso de la Universidad Andrés Bello, en Bellavista: un espacio muy pequeño, con mobiliario barato. El único ventanal tiene vista a una pared.

-Esta oficina es mucho más chica, claro, no es el Palacio de Tribunales, pero a mí no me complica. Echo de menos la historia, pero no tanto los aspectos materiales de la oficina misma. La oficina es la oficina, un lugar de trabajo nomás. No soy muy devoto por las cosas materiales.

Apurado por irse a su casa a almorzar con su esposa, avisa que solo tiene tiempo para unas preguntas más.

-¿Realmente está tranquilo con lo que pasó en su sala con los presos de Punta Peuco? ¿Nunca se dio cuenta de que existía esa tensión allí?

-No es que haya o no una tensión, sucede que es inevitable que cada vez que se producen vacantes en los tribunales de justicia, o en la Corte Suprema o en la de Apelaciones, la persona que llega no tiene por qué seguir una doctrina, puede tener una opinión distinta. Y eso lo cambia todo. Además, el tema de los derechos de los presos nunca ha sido pacífico en el Poder Judicial.

-¿Le apena que, a ojos de cierto sector de la opinión pública, se esté echando abajo su trabajo?

-No, no echa abajo nada, según mi opinión. Todo lo que hicieron los jueces con respecto a las condenas, eso está vigente. La libertad condicional es cumplir una pena en libertad y bajo un protocolo de condiciones que, de no cumplirse, vuelve de nuevo. Esto no es un perdonazo y no mancha todo el trabajo que se ha hecho desde el retorno a la democracia.

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