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Primera chilena dame commander del Imperio Británico

El corazón y la razón de Marcela Contreras

martes, 07 de agosto de 2018

Por Antonia Domeyko Fotos Marcos Zegers
Crónica
El Mercurio

La inmunóloga y hematóloga chilena habla sobre cómo un cáncer de mama la hizo cambiar su perspectiva frente a la vida: "Tengo que dedicarme un poco más al corazón que a la razón". También habla de su camino a la medicina, en el que tuvo que demostrar que sí podía, aunque algunos lo dudaran; sobre el machismo que vivió en su vida personal, y sobre su carrera en Londres, donde armó el Servicio Nacional de la Sangre.



La inmunóloga y hematóloga chilena Marcela Contreras, 76 años, radicada en Londres hace más de 40, dice en un correo electrónico que en la capital inglesa hace un calor insoportable. Que por la falta de lluvia los parques están amarillos en vez del verde habitual. En otro correo escribe que escapó por una semana al Festival de Teatro de Avignon en Francia, y que recién viene llegando de vuelta.

Ya instalada en su casa en el barrio residencial de Londres Golders Green, al otro lado del teléfono dice:

-Me fui sola a Avignon para reforzar mi francés. Me arrendé un departamento, sin conocer a nadie, fue maravilloso. Me iba sola a comer, y en las mañanas iba siempre al mismo café. Vi cinco obras de teatro y hablé harto francés -comenta y luego agrega:

-Y la próxima semana nos vamos con mi hija y mis nietos a Irlanda.

Han pasado 10 años desde que Marcela jubiló dejando el cargo de directora de Investigación, Diagnóstico y Desarrollo del Servicio Nacional de Sangre de Inglaterra y Gales, que ella impulsó y por el cual la reina Isabel la condecoró, poco después de jubilar, como dame commander del Imperio Británico.

Hoy se dedica a revisar papers de revistas especializadas, asesora a médicos que se están formando y tiene una fundación que busca que en el mundo haya servicios nacionales de sangre como el que ella instaló en Inglaterra. Además de todo eso Marcela está enfocada en disfrutar la vida y a su familia. Una decisión que comenzó a decidir en octubre del año pasado, cuado le diagnosticaron cáncer de mama. Meses después se sometió a una mastectomía, a la que siguieron radioterapia, y quimioterapia, que acaban de terminar. Todo eso, explica, cambió sus prioridades.

-Me dije tengo que dedicarme un poco más al corazón que a la razón. No preocuparme tanto de la medicina y de los proyectos, sino que de vivir más la vida afectiva. Estoy contenta con lo que he hecho, no me arrepiento, pero esto ha hecho que al final de mi vida tenga más tiempo para la familia.

La infancia

Los primeros recuerdos de Marcela Contreras tienen el paisaje de Coelemu, un pueblo cercano a Concepción. Ahí nació y vivió hasta los siete años. En su memoria hay imágenes de un policlínico viejo donde ella acompañaba a su padre, el doctor del pueblo, a atender a las decenas de personas que lo esperaban.

-La imagen que yo tenía era la de médico de pueblo que lo hace todo. Me encantaba eso de poder curar a la gente, de sanar, a pesar de que después yo no fui demasiado clínica. El que me inspiró fue mi padre, de hecho un tiempo pensé en ser cirujana como él, pero tengo las manos muy débiles. Yo quería identificarme con él pero él era mucho mejor que yo, era una persona que llegaba mucho a la gente.

Su padre era el médico cirujano Eduardo Contreras, quien logró que construyeran un hospital en Coelemu y que pusieran una Compañía de Bomberos. Su madre se llamaba Mireya Arriagada y también dejó su huella en la comunidad: comenzó ayudando a su marido en el policlínico, instaló una Cruz Roja, y fue alcaldesa.

Marcela fue la mayor de cuatro hermanos. Cuando cumplió los siete años, sus padres la enviaron a Santiago, al internado británico Dunalastair.

-Querían que fuéramos independientes. Lo hicieron por nosotros porque si nos hubiéramos quedado seríamos unas malcriadas, porque el doctor era todo, y al ser la hija del doctor nos daban en el gusto. Me acuerdo de que iba a comprar helado y me lo regalaban. Creía que la vida era fácil, y de ahí me tocó irme a la vida real.

Marcela recuerda con nostalgia esa época: a comienzos del año escolar un tren, que comenzaba en Puerto Montt, recorría las regiones de Chile recogiendo a las niñas internas. La primera vez que abordó el tren se fue llorando, al igual que el resto de las niñas que hacían el mismo trayecto.

-Cuando ya vino mi hermana, al año siguiente, entonces yo no podía llorar, porque no podía mostrarle eso a ella. Cuando empezaron a viajar mis hermanos, menos. Ahora veo a mi nieto de siete años y me digo: "Qué terrible, cómo me pudieron haber mandado lejos de la casa a esa edad".

En el internado aprendió ballet. Le gustó tanto que por años soñó en convertirse en bailarina clásica, mientras aprendía con profesionales que iban a hacerles clases.

-Después me di cuenta de que no tenía dedos para el piano, que no tenía cuerpo para bailarina. Era buena, pero no excelente.

La disciplina en el internado era exigente. Si las escuchaban hablando en español las castigaban. Lo mismo pasaba si no usaban sus sombreros de verano, o de invierno, o si salían a la calle sin sus guantes.

En la enseñanza media, las ganas de estudiar Medicina fueron más serias para Marcela. Se lo comentó a su padre, quien intentó disuadirla de la idea.

-Me llevó a ver al director de la Escuela de Medicina, que era su íntimo amigo Benjamín Viel. Los dos me dijeron que por qué no seguía otra carrera, como Enfermería. Que muchas de las mujeres que estudiaban Medicina no terminaban la carrera porque se casaban y las que terminaban la carrera después no la ejercían, porque tenían hijos. Insistieron que le iba a quitar el lugar a alguien que sí iba a poder practicar por toda su vida. Me dijeron también cuán cara era la carrera para el Estado. Querían que tomara una decisión responsable.

Marcela no escuchó sus consejos. En 1961 entró a estudiar Medicina en la Universidad de Chile. Quedó seleccionada entre los 20 alumnos.

La vocación

Marcela Contreras cuenta que mañana temprano llevará a su nieto a clases de Drama. Está de vacaciones y su hija, quien es abogada, le pidió llevarlo, porque ella debe ir a la Corte. Durante la tarde irá a una ópera especial de verano en un parque, a la que todos los invitados van con traje de gala, y que terminará su noche con una comida a la luz de candelabros.

Desde que terminó la quimioterapia ha recuperado la energía de antes. Dice que siempre ha sido muy activa y, por sobre todo, estudiosa. Cuando era estudiante de Medicina, convencía a sus compañeras de que estudiaran con ella. Eran solo 16 mujeres, un cupo fijado por la escuela que entonces solo permitía un máximo de 10% de mujeres entre sus estudiantes.

-Qué terrible que hayan limitado tanto en esos tiempos. Aunque nunca nos hicieron ninguna diferencia académica con los hombres, sí había una diferencia en el trato, sobre todo de los ayudantes. Nos trataban de "doctorcita, venga para acá". Había un enorme machismo. Nos decían: "Póngase en la primera fila para que le miremos las piernas", cosas que nos molestaban y que ahora jamás se podrían decir.

En 1968 Marcela egresó como doctora. Decidió especializarse en inmunología: un área que en esa época recién estaba comenzando a nivel mundial, con el descubrimiento del ADN y los trasplantes. Precisamente la novedad fue lo que atrajo la atención de Marcela. Ese año también se casó con el neurólogo Roberto Guiloff y tuvo a su primer hijo.

En la especialidad entró con un profesor que no le gustó, que no iba con la avanzada, y decidió cambiarse con el profesor Pablo Rubinstein, quien dirigía el banco de sangre del Hospital José Joaquín Aguirre.

-Le rogué a Rubinstein que me tomara, y pasó lo que me pasó muchas veces en mi carrera: pensaban que yo no iba a terminar. Me dijo que no podía tomar más becados. Que él era trabajólico, que llegaba temprano y se iba tarde. Me dio a entender que yo no iba a poder porque estaba embarazada de mi primer hijo. Le pedí que por favor me pusiera a prueba.

Rubinstein, quien luego se convirtió en una eminencia mundial de la Hematología, no solo la aceptó, también apoyó su carrera: Marcela realizó su tesis bajo su guía. Luego él la ayudó con contactos para que consiguiera la beca del British Council.

-Debo reconocer que postulé a esta beca porque mi ex marido quiso postular, y me fui detrás de él. En ese sentido yo era muy obediente como mujer. Yo encontraba que él era mucho más inteligente que yo. Ahora no entiendo cómo yo era así.

A Londres llegaron con dos hijos. Marcela había viajado con una niñera chilena para que la ayudara, pero a los tres meses renunció. Con la ayuda del Medical Research Council, consiguió a alguien que cuidara a sus hijos mientras ella trabajaba.

-Al llegar a la casa, yo era la que cocinaba, la que cambiaba los pañales, la que hacía las compras, a mí me tocaba la parte dura de llevar la casa. Con mi marido trabajábamos en casi lo mismo y ganábamos sueldos iguales, pero cuando él llegaba se ponía a leer el diario y yo, con tacos y traje de trabajo, me iba directo a la cocina. Eran dos trabajos al mismo tiempo. Mi marido era un macho latino. Ahora mirando para atrás comprendo que yo era también muy machista, y encontraba que ese era mi deber.

El desafío

Desde que Marcela llegó a Londres su carrera como médico avanzó rápidamente. Comenzó haciendo investigación, luego Patrick Mollison -padre de la medicina transfusional- la invitó a ser coautora junto con él del libro "Mollison's Blood Transfusion in Clinical Medicine", que luego se transformaría en una especie de Biblia para esta especialidad.

Con Mollison postuló a distintos cargos, entre ellos a la subdirección del Centro de Transfusiones Sanguíneas del Norte de Londres, puesto que obtuvo. Dice que para llegar a los cargos debía competir. Postulaban unas cien personas, luego se hacía una lista corta de cinco o siete y se elegía. Marcela comenta que para los diferentes cargos a los que postuló solo una vez hubo una mujer además de ella en competencia.

Tiempo después ascendió a directora del Centro de Transfusiones Sanguíneas del Norte de Londres, y lo transformó en el mejor de los 15 centros que había. Entonces recibió el llamado del Ministerio de Salud británico para pedirle la labor de uniformar los centros de Inglaterra. Querían encontrar una solución para que la calidad de la sangre y de los servicios fuera igual en todo el país.

-Me sentí muy orgullosa, pero aquí, dije, me voy a hacer cualquier cantidad de enemigos, porque la envidia la ves siempre, sobre todo si te va bien. Le pedí al Departamento de Salud que me dieran poder y recursos. Decidimos que para mejorar la calidad íbamos a consolidar todo en una misma gestión, y claro, me hice enemigos porque tuve que cortar cabezas, pasar de quince a tres y después a solo uno. Pero hoy hay en Londres un Servicio Nacional de Sangre en el que la sangre es nacional y cuenta con un 100% de donantes voluntarios de los que el 85% son repetidos.

El sistema que impulsó Marcela es considerado modelo de referencia por la Organización Mundial de la Salud.

En paralelo, en Chile la nombraron presidente de la Comisión Nacional de Sangre. Con ayuda de profesionales chilenos analizaron los Servicios de Sangre en Chile. Ella le propuso al ministerio que consolidara todo en tres centros de sangre, en vez de tener banquitos de sangre en todos los hospitales. Finalmente se hicieron cuatro centros de sangre, pero explica Marcela, solo cubren el 40% de lo que se necesita, ya que siguen funcionando los bancos por hospital.

-La mayor parte de la sangre que se colecta en Chile es de reposición. Tú donas sangre para un pariente o un amigo o porque te la piden. Falta educación para que la gente sea más altruista y den sin pensar en ellos mismos. El peligro del donante de reposición es que puede esconder sus riesgos. La sangre en Chile no es segura. A mí me han criticado mucho, porque una vez dije en el diario El Sur, de Concepción, que yo no me transfundiría en Chile, y lo vuelvo a decir. Hay muchos más riesgos en la transfusión de los que existen en Inglaterra, y es porque Chile es uno de los peores países en cuanto a la donación voluntaria, porque no hay voluntad política. No critico a este Gobierno ni a otro, sino que a todos.

La nueva vida

En 1996, en pleno desarrollo profesional, Marcela decidió, tras 28 años de matrimonio, divorciarse.

-Ya estábamos muy distantes. Fue angustiante, pero no penoso. Todos los divorcios son feos, no me gustó eso de que esto es tuyo, esto es mío. Después del divorcio me sentí muy libre. Me sentí muy yo, porque siempre profesionalmente he sido muy libre, pero en la casa no, era una típica mujer chilena de esos tiempos. Mi vida cambió en que yo no tenía que atender a nadie. Antes tenía dos roles y ahora no.

Marcela rearmó su vida, su hijo mayor se fue a vivir a Chile y su hija menor armó su familia en Londres, y ella comenzó una relación con un hombre inglés, con quien, dice, tuvo una relación de compartir.

-Como que volví a las 17, y ahora re volví a los 17 con mi nueva pareja, con quien llevo siete años juntos. Con él me siento de igual a igual. Vivimos separados, y es mejor, porque eso mantiene el romanticismo.

En 2007, cuando Marcela cumplió 65 años, por norma le tocó jubilar y dice que sintió pena.

-Me dio pena dejar todo. Estás tan activa, tienes tanto que hacer y de repente se corta todo. No puedo decir que me fui feliz. No, porque siempre he tenido mucha energía, entonces me sobraba.

Pero Marcela se preocupó de no estar desocupada, y con la ayuda de un filántropo armó su fundación, que ayudó a países como Nicaragua, Botswana, Kenya, Malawi, Chile y Perú con sus servicios de sangre.

En los últimos años se la ha pasado viajando, por la fundación y por las charlas que ha dado en decenas de países. Recientemente la invitaron a dar una charla en Buenos Aires, pero dijo que no.

-Voy a ir, pero no a la charla, voy a ir a bailar tango porque me encanta. Quiero que mi pareja aprenda.

Su pareja, Charlie, de quien solo comenta que es un neurólogo y alpinista inglés, estaba con ella cuando le diagnosticaron el cáncer. La noticia fue traumatizante para Marcela, sin embargo él fue importante para que decidiera hacerse los tratamientos.

-Me dijeron que era vulnerable, que me iban a hacer una mastectomía, al principio dije no, no me hago ninguna cosa, y me muero completa tal cual como soy, porque ya he vivido suficiente. No quería que me mutilen a mi edad. Después miré a mi pareja que es tan bueno y que lo estoy pasando tan bien con él, a mis hijos que los quiero tanto y a mis nietos. Entonces dije: "Vale la pena vivir un poco más". El amor y el cariño me hicieron cambiar de opinión.

Marcela siguió con todos los tratamientos menos el último, llamado hormonoterapia.

-No la toleré bien así que la deje; los médicos me van a retar, pero prefiero calidad en vez de cantidad de vida. Le voy a contar a la oncóloga cuando la vea, yo no lo recomiendo que lo haga la gente, pero es mi decisión y a mi edad. Con la terapia no tenía ganas de nada, y a mí me gusta vivir.

Sus planes no son solo para esta semana, en la ópera y el próximo viaje a Irlanda con su familia, sino que también para el verano piensa venir a Chile, como lo ha hecho los últimos tres años, a una casa que arrienda junto a su pareja en Chiloé.

-Me gustaría poder ir unos dos o tres años más, y seguir gozando a mis nietos y mis nietas.

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