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El legado de Neruda

jueves, 12 de julio de 2018


Opinión
El Mercurio




Neruda nació poeta. Hace 114 años, cuando en Parral un ferroviario y una maestra de escuela lo engendraron, Chile era un país de historiadores. Al menos esa era la fama que nos precedía, un país que prefería los hechos a las metáforas, la crónica a la imaginación.

Pablo Neruda, cuando aún era Neftalí Reyes Basualto, pasaba sus tardes en Temuco con la directora del colegio de niñas de la misma ciudad, una tal Lucila Godoy Alcayaga. En esas tardes lluviosas de Temuco cambió para siempre la historia de Chile.

Lucila Godoy se hizo a sí misma Gabriela Mistral, y Neftalí Reyes Basualto se convirtió en Pablo Neruda. No les bastó cambiarse de nombre a ellos mismos, sino que cambiaron el nombre de piedras, pájaros, ruinas y ciudades que no serán nunca lo mismo después de que nos enseñaran a nombrarlas. Entre las cosas que sus poesías crearon, está este país, que existe en la conciencia del mundo en gran parte porque sus versos lo recorrieron y reconstruyeron las cien veces en que pareció estar en peligro.

Pablo Neruda empezó reinventando las más viejas de las pasiones: el amor. A los 19 años, un desesperado verano de Puerto Saavedra redefinió la manera en que decimos y sentimos el amor. Luego vendría el dolor, la desesperación, la solidaridad, la justicia, la soledad, la risa y los caldillos de congrio. Ese hombre, en todos los sentidos enorme, penetró en la materia que cantaba para contarnos, en la piedra, el hombre que la talló, y en la madera, el fuego que la consumiría. Supo escribir sobre cualquier tema, y no dejó de preocuparse nunca del destino de sus compatriotas, para darles las herramientas más importantes de todas: palabras y versos con que nombrar su destino.

Pablo Neruda nos dio rebeldía y alegría, una fiesta de palabras que en él se prolongaban en la comida, la bebida, la amistad, la complicidad más allá de las generaciones, con que siempre agasajó a quienes acudían a sus míticas casas de Isla Negra, La Chascona o La Sebastiana. Esas casas, visita obligada de cualquier turista, tuvieron un papel importante en la urgencia de establecer una institución cultural a la altura del legado de uno de los más grandes poetas del siglo XX.

Neruda es, en nuestra cultura, esos mascarones de proa que coleccionaba y esa veleta con forma de pescado con que identificaba el sentido del viento. A la hora de pensar en políticas culturales, no podemos no orientarnos hacia Neruda el poeta y el ciudadano, el escritor y el lector, pero también el amante de la música y la pintura, el coleccionista de arte, pero sobre todo de talentos. Quizás por eso no es ningún azar que una de las medallas más importantes que pueda entregar nuestro país -la Orden al Mérito Artístico y Cultural- se llame Pablo Neruda, como se llama Pablo Neruda el premio Iberoamericano de poesía que este año recayó en Elvira Hernández, en la que, de alguna forma, sigue perpetuándose la conversación entre Lucila Godoy y Neftalí Reyes, en este que ahora es indudablemente, gracias a ellos y a tantos más, un país de poetas.

Alejandra Pérez

Ministra de las Culturas, las Artes y el Patrimonio

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