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Alfredo Perl en el Municipal:

El otro planeta

martes, 13 de marzo de 2018

Gonzalo Saavedra
Cultura
El Mercurio




Hacia el final del Cuarteto Nº 2 de Arnold Schönberg (1908), una soprano canta: "Siento aire de otro planeta", un verso de Stefan George que expresa con palabras lo que uno está escuchando: la música empieza a despedirse de la tonalidad para aventurarse a otras esferas. Esa frase, premonitoria de lo que sería la producción del genio austríaco, le sirvió también al pianista chileno Alfredo Perl para titular uno de sus discos más originales: "Ich fühle Luft von anderem Planeten" (OEHMS, 2005), en el que a la Sonata en La mayor D. 959, escrita por Schubert en 1828, le sigue la Suite Op. 25 (1921-1923) de Schönberg. La intención era clara: mostrar las conexiones entre las obras de esos compositores lejanos en el tiempo, tal vez no evidentes de buenas a primeras, pero sí un hallazgo si se les otorga la necesaria concentración.

En el concierto de apertura del ciclo "Grandes pianistas" del Teatro Municipal, el viernes Perl fue un poco más allá en su propuesta demostrativa: intercaló las ocho piezas del Op. 76 (1878), de Brahms con las cinco del Op. 23 (1920-1923), de Schönberg, y las presentó como una unidad. El contraste de lenguajes hace que Brahms, se oiga mucho más experimental, y Schönberg mucho más expresivo, más emotivo de lo que se puede apreciar si uno se expone a las obras por separado. Ayudó a ese logro la manera parejamente sobria y rigurosa en que el pianista las abordó. La interpretación del "Walzer", primera composición enteramente dodecafónica de Schönberg, es una proeza en sí misma y un desafío mayor para un público perplejo que fue algo mezquino en su agradecimiento. Señal, entonces, de que avanzamos.

El recital siguió con el primero de los cuatro Impromptus que Schubert escribió meses antes de morir, en Fa menor, Op. posth. 142 Nº 1 D. 935, personalísimo -ahí están sus patrones rítmicos, su armonía-, pero en el que no cuesta distinguir la omnipresente influencia de Mozart. Perl, muy inspirado, marcó el carácter de reclamo existencial que hay en toda la última producción schubertiana. Excelente. Para cerrar, la Sonata Nº 15 en Fa mayor, K. 533/494 (terminada en 1788) de Mozart, justamente, que volvió a llenar de sentido el verdadero diseño de experiencia de este programa. Perl estuvo a sus anchas aquí, devolviéndonos a la Tierra, pero ya distintos después del viaje al otro planeta.

Como encore , el vals "Liebesleid" de Fritz Kreisler (1905) en la virtuosística transcripción de Sergei Rachmaninov.

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