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Año nuevo y yoga en la India

domingo, 11 de marzo de 2018

Entrevista: Martín Torres Zuleta.
Mi primer viaje
El Mercurio

Gabriel Ebensperger, ilustrador



"He ido a la India dos veces. La primera vez pasé allá el Año Nuevo de 2011. Llegué por casualidad a la ciudad de Tiruvannamalai, estado de Tamil Nadu, en el centroeste del país, con dos amigos: Simon y Rose, los dos instructores de yoga. Nos quedamos un mes. Yo practicaba yoga hace hartos años y mi amigo Simon me pidió que lo acompañara. El plan era hacer escala en París y reunirnos con Rose, de Brasil, llegar los tres juntos a Bangalore y luego irse al sur, en taxi, a Tiruvannamalai. Íbamos a pasar un día o dos allí, pero al final nos fuimos quedando. 

Este no era un lugar muy turístico, así que yo estaba como un observador en un lugar nuevo; para mí era como estar en otro planeta. Tratamos de irnos varias veces y no nos resultaba: o nos perdíamos buses o estos no llegaban. En Tiruvannamalai hay una montaña al medio, Arunachala. Se cree que es una representación física de Shiva y, cuando hay luna llena, hacen un ritual al que viene gente de todas partes del país al templo que está a los pies, y todos le dan la vuelta a pie pelado, en una caminata de seis horas, para agradecer y pedir. Yo también lo hice. Fue una experiencia mágica.

Finalmente salimos de esa ciudad y nos fuimos a Goa, donde estaba Rolf Naujokat, uno de los primeros occidentales a los cuales K. Patthabi Jois (el maestro que "popularizó" el ashtanga yoga) empezó a enseñar en los setenta. Hoy, Rolf es uno de los profesores de ashtanga más conocidos. Goa era un lugar paradisiaco, la gente muy amable. Tiene que ver con el clima: hay agua, hay vegetación, menos escasez, no es lo mismo que en el norte. Son puras playas, palmeras, arena y si andas tranquilo, como yo andaba, puede ser muy agradable. También existe todo el circuito del carrete, hay gente que solo va a eso. Pero yo andaba en otro plan: me levantaba a las cuatro de la mañana, agarraba una moto que me conseguí y me iba a practicar a la choza donde Rolf hacia clases. Después me iba caminando entre las casas, llegaba al mar, me tiraba al agua y me secaba al sol. Me acostaba a las siete de la tarde, súper temprano, para poder hacer todo de nuevo.

Esa rutina se volvió tan ideal que no me quería mover de ahí, y me quedé cuatro meses más. Con Simon y Rose arrendamos una casita. Sería raro decir que me acostumbré a la cultura, porque la India es tan grande y tiene tanta gente, que tú te mueves un poquito y ya cambió la cocina o el dialecto.

No me acuerdo mucho de la vuelta, pero sí de que no tenía muchas ganas de regresar. Nunca había estado tanto tiempo afuera. Recuerdo que estaba flaquísimo, una barba indecente, y había llevado poca ropa: andaba con una polera sin mangas y unos short de jeans que había cortado y que ya estaban hechos tira. Me vi en un reflejo en el metro y me veía mal, descuidado. Como que en este viaje me había dejado ir. Volver a Santiago fue muy difícil, porque llegué en invierno, todo gris, la rutina, la oficina.

El año pasado regresé a la India, después de la gira de promoción de mi libro Gay Gigante en México. De nuevo me conseguí una moto y me dediqué a recorrer lugares que ya había conocido, a comer cosas ricas que ya había comido, a ver gente que ya conocía. Tuve la suerte de que me tocó una luna llena, así que volví a hacer la caminata alrededor de Arunachala. Agradecí y volví a pedir algo. Es definitivamente un lugar con poderes".
Entrevista: Martín Torres Zuleta.
























  




















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