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Las revelaciones de Catalina Parra

martes, 30 de enero de 2018

Por María Cristina Jurado. Retrato: Carla Dannemann.
Reportaje
El Mercurio

La hija mayor de Nicanor Parra, Catalina, volvió a Chile días antes de su muerte. Peleó porque el funeral de su padre no fuera una ceremonia privada, y junto a su hija, Isabel, dice: "Yo me siento serena, porque él ya no está preso de los achaques de la vejez. Pero, sobre todo, él estaba atormentado. Yo lo vi atormentado".



o creo que existió una conexión entre él y yo. Una conexión inalámbrica, como hija mayor y por haber vivido muchas cosas juntos. Nosotros vivimos un período muy intenso en los años 70, de trabajo común, amigos comunes, proyectos comunes. Se hizo la revista Manuscritos, había cantidad de trabajo. Yo era la única que vivía con él. Después de separarse de mi mamá, él se casó con la Inga Palmen, que era sueca y la conoció en Oxford. Vivíamos en Mac Iver 22, en el departamento 108 y, antes de eso, era el 111. Siempre en el mismo edificio. Todavía existe. Yo debo haber llegado antes de los doce años.

Catalina Parra Troncoso cumplirá 78 años en mayo. Es la primera hija que Nicanor Parra tuvo, después de casarse con Ana Troncoso. A Catalina le siguieron sus hermanos Alberto y Francisca. La primogénita del antipoeta es una mujer directa y de ojo agudo. Desde los años 70 ha desarrollado su carrera como artista visual y conceptual en Estados Unidos y Europa. Ha expuesto en el MoMA de Nueva York, enseñó en el Museo del Barrio y en 2018 colabora con su obra de medio siglo en la iniciativa de la Fundación Getty por recuperar el arte latinoamericano de artistas mujeres. Sus collages de diarios, costureos y originales materialidades -desde sus inicios recibió la influencia estética de su padre- recorren el globo en exposiciones itinerantes. Sólida intelectualmente y de bajo perfil, Catalina Parra, es poco conocida en su país.

Pero este mediodía, mientras a su célebre padre Nicanor -el último poeta de proporciones épicas en Chile, el que cambió la poesía latinoamericana con un cuaderno y un lápiz, quien trastocó la solemnidad de las letras hispanas con un soplido de genio-, lo velan en la Catedral Metropolitana cubierto con un patchwork desteñido de su madre, Clara Sandoval, Catalina avanza por el Paseo Ahumada. Con el pelo blanquecino y serena, no llora. De sus cuarenta años sola con sus hijos en Estados Unidos, haciendo camino, aprendió la resiliencia. También cree -lo dice, dejando caer sus palabras lentamente- que su padre por fin está en paz. De Nueva York llegó junto a su hija, Isabel Soler, el 14 de enero y ambas alcanzaron a estar con él.

-Yo tenía el presentimiento hace rato que tenía que venir a Chile a verlo. Y que, después de que nos viéramos, él iba a partir. Que, de alguna manera, nos íbamos a despedir. Y alcancé a llegar. Trasluce desconcierto emocional: si Chile perdió a uno de sus creadores esenciales, ella perdió a su papá, su compinche, su confidente de seis décadas y su gran referente en el arte y en la vida. Reconoce que no sería la artista conceptual que es, sin las palabras y la visión sobre la vida que tuvo Nicanor:

-Su principal legado es una gran obra poética, una manera de ver el mundo, una actitud política. A mí me marcó absolutamente, influyó muchísimo en mi manera de ver el mundo, como formación. En mi caso, aprendí la desconfianza. O sea, que las cosas parecen de un color y son de otra. Y el escepticismo. Eso está en la Antipoesía.

-¿Le fue difícil vivir así?

-Es que eso es lo que tú eres. Es una forma de vida y, seguramente, de chico, lo internalizas. Son cosas que vas eligiendo al desarrollar una personalidad. Y uno se va nutriendo de aquí, de allá. Yo me nutrí muchísimo de él cuando niña.

Catalina rememora su infancia. Y es que ahí partió su propio legado, el que el Premio Cervantes 2011 le dejó.

-Yo tenía una relación especial con mi papá. Era totalmente hincha de mi papá y, mi papá, hincha mío. Esa relación se dio conmigo porque yo vivía con él. Era la mayor, además teníamos muchas historias: he visto fotos preciosas mías con él, en la Quinta Normal. Mi papá me llevaba a un trencito que había ahí, que daba la vuelta. Me subía al trencito. Él estaba parado en una estación que decía: 'Chillán'. ¡Y a mí se me hacía un nudo en la garganta! Con dolor, porque mi papá estaba ahí, y yo seguía en el trencito hasta que llegaba a una estación. Y él ya estaba en la estación, porque me tenía que recoger. Yo tenía unos cinco o seis años.

-Episodios así la marcaron, ¿no?

-¡Imagínate! Además está el poema 'Catalina Parra', y tú te puedes dar cuenta que ahí hay una cosa que emociona.

Han pasado 75 años desde que Nicanor escribió esos versos para su hija, y para ella constituyen una marca. En los años 40, Parra pasó dos años en Providence, Rhode Island, especializándose en Física y Mecánica avanzada en la Universidad de Brown. La niña se quedó en Chile con su madre. El poema que le inspiró a este Premio Nacional de Literatura 1969 entró a dominio público como parte de "Poemas y antipoemas", obra cúlmine en la creación parriana:

(...)

Bajo impenitente,

Lluvia derramada,

Dónde irá la pobre

Catalina Parra.

¡Ah, si yo supiera!

Pero no sé nada

Cuál es tu destino

Catalina Pálida.

Solo sé que mientras

Digo estas palabras

En volver a verte

Cifro la esperanza.

(De "Catalina Parra", "Poemas y antipoemas").

-Él me escribía unas cartas desde Estados Unidos, donde dibujaba un elefante. Teníamos muchas historias con elefantes. Porque, cuando yo era niña chica, tenía un elefante de goma y dormía en las noches con él. Yo me daba vueltas y sonaba el pito del 'Sifante'. Yo lo llamaba el Sifante. Entonces era famoso ese Sifante. Y cada vez que él me escribía desde Estados Unidos, me dibujaba un Sifante en el lado derecho. Era un elefante de goma que tenía un pito, de esos juguetes para los bebés.

-Nicanor siempre escuchó a los niños de su familia, hasta el final. ¿Ve esa influencia en su obra?

-Sí. Se reía mucho con los niños porque le encantaba el humor infantil y sus reacciones. Cada vez que escribía un poema, me lo leía. Y esperaba mi reacción. Y después, cuando mis hijos estaban más grandes, se los leía también a ellos y contaba mucho con ellos. Le creía a la espontaneidad de los niños. Si ellos se reían, por ejemplo, era importante. Él creía mucho en el humor infantil.

Catalina cree que influyó en su obra.

-Yo creo que sí. En la simplicidad de ciertos poemas, esa simpleza. Para que un niño pueda entenderlos.

-¿Su infancia fue privilegiada?

-Yo creo que sí. Si yo lo pienso, el privilegio de haber crecido con mi tía Violeta, con mi tío Lalo, haber vivido con mi abuela Clarisa Sandoval... O sea, haber vivido toda la infancia con toda esta gente cuando eran jóvenes, ha sido un privilegio increíble.

Se retrotrae a los días en que compartían, como una tribu, en la casa-quinta de Paula Jaraquemada, en Larraín, una casona con árboles frutales, picaflores y enormes espacios. Al volver ahora a Chile con su hija, Catalina fue a mirar esa casa, que aún está en pie y le tomó fotografías. Allí fue feliz con su padre.

El peso de la herencia

-Mi padre era un tipo totalmente organizado. Tú no te puedes imaginar la severidad de su trabajo, de sus horas de trabajo. Sin ruido, era como estar en una iglesia. Mi papá era de una austeridad enorme. Un tipo que se alimentaba bien. Por ejemplo, un día comía avena y, al día siguiente, comía huevos a la copa. Al tercer día, comía de nuevo avena y al otro, huevos a la copa. Él estaba muy consciente de su dieta, era un tipo muy estricto con respecto a sus rutinas de caminar. Muy preocupado, caminaba muchísimo.

Catalina Parra cuenta que ese hombre organizado y severo consigo mismo en su trabajo y creación, ya no existía más cuando ella y su hija Isabel llegaron en enero a la parcela de La Reina, días antes de su muerte.

-Yo me siento serena porque él ya no está preso de los achaques de la vejez. Pero, por sobre todo, él estaba como atormentado. Yo lo vi atormentado. Y me dijo una empleada que él gritaba en las noches, que llamaba a su mamá y a sus hermanos. Entonces, me tranquiliza mucho el hecho de que ahora él está en paz.

A su lado, su hija Isabel Soler Parra agrega:

-Él estaba ya en ese estado cuando estuvimos acá en 2012. Estaba con alucinaciones, con tormentos, con la angustia con que se ponen los viejos. Ya tenía casi 99 años, viviendo un mundo del recuerdo y del presente. Y cuando tú estás en el presente y constantemente acordándote de la gente que ya no está acá, sufres. Él sentía angustia porque todo era nuevo, se murieron todos sus amigos, todos nuestros familiares, entonces fue un tema muy difícil para él, él estaba muy angustiado con eso.

Visitando la parcela de La Reina y los jardines en ese momento, se encontraron, dice Catalina, con una realidad amarga. Para poder explicarse, vuelve a fines de los 70 cuando, aún casada con su segundo marido, Ronald Kay, -el primero fue el catedrático español Francisco Soler, padre de sus tres hijos-, vivía una vida cómoda y ordenada:

-Teníamos una vida muy organizada. Con loza inglesa, servicios de plata, con lindos objetos. En ese momento, yo estaba casada con Ronald Kay y vivíamos con mis tres hijos en una casa muy linda. Cuando yo gané la Beca Guggenheim, decidimos irnos con mis hijos a Nueva York. Y entonces, quedaron todas las pertenencias nuestras, de nuestra casa, en La Reina, guardadas. Yo se las dejé a mi papá, mis niños eran chicos todavía. Eso fue en 1980, todo eso desapareció. No existe nada.

Catalina Parra dice que la parcela de La Reina era un lugar muy ordenado en sus recuerdos.

-Con objetos maravillosos. Pero, cuando vinimos en 2012, estaba todo en un estado de deterioro y abandono. Puertas sin chapas, vidrios rotos, yo hice unos videos. Estaba todo abierto, se podían llevar lo que quisieran. Yo quise en ese momento que hiciéramos un inventario. Y se negaron a hacer inventario.

-¿Quiénes se negaron?

-La Colombina y el Barraco, realmente. Y el Tololo.

-¿Sus dos medios hermanos y un sobrino?

-Claro, claro.

-Usted fue acusada ese año de entrar furtivamente a La Reina y llevarse unos cuadros pintados por Violeta.

-Sí, pero eso fue un salvataje.

La polémica causada por ese episodio, la aclaró la misma Catalina a revista Ya en 2012: "Nadie entró furtivamente. Llegamos en la mañana con mi hija Isabel, quien me acompañó a Chile. Nos abrió el portón un sobrino, hijo de Colombina. (...) Sacamos los cuadros con mi hija porque consideré que ahí no estaban a salvo (...). Hoy están a salvo en las manos de su dueño legítimo". Isabel Soler explica que en el terreno de la parcela de La Reina se construyeron tres casas y en ellas viven hoy sus primos con sus hijos:

-Siempre las tres casas estuvieron dentro de una propiedad, todo abierto. Y ellos tienen un estilo de vida en el cual...

-¿Hippie?

-Sí, son hippies y punk y rockers y toda esa cosa anti-establishment. Son anti el trabajo de nueve a cinco. Entonces, a esa casa llega la gente a enfiestarse. Hacen fiestas, carretes, como dicen acá. Te estoy hablando desde siempre, desde que ellos llegaron a los 19 años. Ese es el estilo de vida que había en esa casa, y mi abuelo vivía en Las Cruces. Pero la casa de La Reina quedó con todas las pertenencias de nosotros cuando nos fuimos a Estados Unidos. Con todas las obras de arte de mi mamá, nuestros libros, nuestros muebles, todo. (...) Existe la colección de arte que quedó en esa casa, donde hay obras de Dittborn, donde hay obras de Kikai, que quedaron de nuestra colección. Y eso ha sido uno de los temas difíciles con la familia porque nosotros queremos nuestras cosas de vuelta.

-Pero se demoraron 37 años en reclamarlas.

-Es que hemos venido por mi abuelo también, pero esas cosas estaban en depósito. Cuando nosotros vinimos (en 2012) y estaban las puertas abiertas y estaba todo roto, nosotros dijimos: 'Hay que poner todo esto en un storage' (bodega). Y eso fue lo que creó esa situación de que las cosas de la Violeta, que mi abuelo reclamó, se produjo en un minuto cuando mi abuelo estaba recibiendo el Cervantes. Y nosotros decidimos: 'Vamos a devolver estas cosas, porque no queremos que él tenga un escándalo'. En ese minuto estaba con el ojo mundial de la cultura encima.

Catalina Parra hoy está muy de acuerdo con la tarea de recuperación de manuscritos y otros valiosos objetos parrianos, emprendida por sus hermanos, sobrinos y el abogado de confianza de la familia.

-Me parece muy bueno que se esté haciendo esa labor de recuperación. Muy bueno.

-Y eso es mérito de sus hermanos menores, ¿no? Ellos empezaron con la idea.

-Exacto. Pero recuerda que es la misma gente que vive en esas casas, los que han permitido que esa situación se produzca.

Catalina y su hija Isabel añoran la época dorada de su familia, cuando reinaba el patriarca Nicanor, quien tenía, dicen, un profundo sentido estético para amoblar y construir todos sus espacios. Para Parra, era una tarea vivir bien, tal "como era la vida en La Reina en los setenta", dice Soler, quien habitó en La Reina entre los 13 y los 17 años. Hoy tiene 55.

-Con los muebles, con los anticuarios, con las construcciones, con los pavos reales. ¡Había un pavo real en esa casa! Era un período dentro de la historia de la familia, como el período de oro. Además él era un tipo que tenía un refinamiento total con la cosa de los muebles, con la cosa colonial chilena, esa casa estaba llena de antigüedades, de cosas preciosas. Era un coleccionista de libros, de literatura chilena, sé que él tiene unos tomos de La Araucana, que son como primera edición, una cosa así. Tenía gente, tenía todas sus picadas en Santiago donde le guardaban libros, donde él iba a buscar objetos de demolición específicos para su casa. (...) Cada cosa era un tesoro.

Isabel Soler recuerda la sensación que tuvo en los días posteriores al 14 de enero, después de visitar a su abuelo Nicanor. Dice:

-Una sensación terrible porque nosotros no teníamos una comunicación constante con él, por el tema familiar. Nos imaginábamos que él estaba senil y muy mal, y fue como confirmar eso, él estaba muy mal cuando lo vimos. Muy angustiado, muy torturado, muy sin saber quién era, sin saber quién es la gente que estaba alrededor de él.

-¿Las reconoció?

-No. Yo creo que no sabía quién era él, ni quién era mi mamá, ni quién era yo, ni dónde estaba. Él decía: '¿Cómo salgo de aquí?, ¿Cómo salgo de aquí?'. Constantemente. Y la empleada nos contó que, en el último año, todas las noches había gritado y llorado por su mamá, por la Violeta, por Roberto. Me entiendes tú, o sea lo que le pasa a la gente cuando se pone vieja y senil, esta condición que yo lo sé porque a la abuelita de mi marido le pasó lo mismo de un día para otro. Él estaba igual.

Isabel Soler Parra, quien es diseñadora de interiores en Nueva York y hoy está abocada a curar y catalogar la obra visual de su madre, añade:

-Hay un tema aquí que tiene que ver también con que nosotros nos fuimos a los Estados Unidos. Nosotros hemos siempre trabajado, siempre nos esforzamos para estudiar, nos hemos esforzado para tener nuestro propio dinero, para hacer una vida, ¿ya? Y los hermanos de mi mamá, el Barraco, la Colombina, el Tololo y toda esa gente ha vivido de mi abuelo. Esa gente realmente no tiene una industria o trabaja. Ellos han vivido de la casa familiar, han vivido de la plata que mi abuelo hacía. O sea, hay un tema ahí, me entiendes tú, de dependencia económica. Entonces ese estilo hippie tiene que haber sido financiado por alguien y fue financiado por mi abuelo. Un abuelo y un papá muy viejo.

-Les queda la tarea de la herencia.

-Es un tema difícil para nosotros porque nosotros también vamos a tener que cruzar ese puente. Ojalá que no tuviera que gastarse una fortuna en abogados y que terminemos con esto en un show terrible. Son seis hermanos. (...) Y diferentes ramas de la familia, va a ser delicada la tarea.

-¿Ya lo han hablado?

-No se ha hablado nada.

Catalina Parra y su hija Isabel esta tarde de miércoles retornan a la Catedral donde velan a Nicanor. Pero hubo muchos que no entendieron por qué Parra fue a dar a la principal iglesia de Santiago. Una idea que no estaba en el plan original, pero que su hija mayor defendió a ultranza. Ella dice:

-Eso lo peleamos nosotros, mi hija y yo. Lo peleamos porque querían una ceremonia privada y nosotras dijimos que considerábamos que debía ser un acto público. Que el Gobierno había dado dos días de duelo y que tenía que tener acceso la gente a verlo y tenía que ser un lugar céntrico en Santiago para que la gente pudiera llegar. Importantísimo. Tú viste todo lo que pasó en la Catedral, cómo llega la gente, cómo canta, cómo baila cueca incluso. Me parecía a mí que es un festejo.

-¿Y si no hubiera sido así?

-Hubiera sido muy triste. Muy triste para todos, porque él es parte de este pueblo. (...) Yo creo que mi papá lo está pasando bomba en la Catedral. Él fue muy irreverente, pero por otro lado, extremadamente religioso. Religioso en el sentido original de la palabra. Escuchaba cantos gregorianos durante días de días, unos cantos gregorianos que yo no sé de dónde los sacó, maravillosos. Adoraba la liturgia católica como ritual y a él le gustaban las misas en latín.

-Nicanor no iba a misa.

-Por supuesto que no, pero es la ceremonia religiosa la que le gustaba. El rito. No tienes que ser religioso para que te guste, ni para que te gusten los cantos gregorianos.

-¿Cuál fue el secreto de Nicanor Parra?

-Yo creo que el tipo reflejó el tiempo en que estaba viviendo. Si lees su poesía, tú te das cuenta de todas las cosas que estaban ocurriendo. Te das cuenta de la época de Allende, de 'la izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas'. O 'De aparecer apareció/pero en una lista de desaparecidos'. ¿Tú te acuerdas de todas esas cosas? Tú vas leyendo los períodos políticos a través de su poesía. Veía lo que estaba pasando y lo traducía.

Sobre la herencia, dice Isabel Soler Parra: "Ojalá que no tuviera que gastarse una fortuna en abogados y que terminemos con esto en un show terrible".

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