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Entrevista Un retrato de época

Rafael Gumucio: "Los 90 fueron una oportunidad gigantesca desperdiciada"

domingo, 12 de noviembre de 2017

Roberto Careaga C.
Revista de Libros
El Mercurio

A casi 20 años de Memorias prematuras , el escritor publica una continuación, La edad media . Es un recorrido biográfico por el Chile de los 90, los años en que Gumucio aspiraba a sumarse a la Nueva Narrativa y, en cambio, aparecía en el Canal 2 Rock & Pop como un humorista irónico y contingente.



En 1990, Rafael Gumucio llegó hasta la revista Apsi. Tenía 20 años. Ahí, quizás, le podían dar trabajo. Lo esperaba el director, Rafael Otano, acompañado por un serio y ya de barba Roberto Merino, y por Pablo Azócar, su aliado. "Parecía la foto de un comité revolucionario: el barbudo sin merced, el jefe de calva y bigote y el joven poeta de pelo revuelto y abrigo largo", recuerda Gumucio en su nuevo libro, La edad media . Más que nada, él quería escribir ficción, pero esa vez llevó una columna de opinión en que elogiaba al Pato Lucas, el personaje eternamente derrotado de Looney Tunes. Días después, Otano lo llamó a su casa y le pidió que corriera a la revista a escribir un párrafo que faltaba antes del cierre. Listo. Estaba adentro. Otra cosa más se selló: "La opinión me liberó de la cárcel de la ficción", escribe Gumucio al narrar ese episodio. Y añade: "Estaba condenado a ser el payaso, el mono sabio que era de niño, un personaje de circo, un intelectual público, como dicen los gringos".

Hoy Gumucio es una mezcla de todas esas cosas: un ruido público permanente, disonante y lúcido, que en radios, en diarios o en Facebook, opina de política, cultura y de lo que venga, y sin filtro. También, claro, consiguió ser un escritor de ficción y, de hecho, en mayo pasado publicó su cuarta novela, El galán imperfecto . Y mientras acaba de salir de la cartelera la última obra teatral que adaptó, Tío Vania , de Chejov, llega a librerías su traducción del francés de las máximas del duque de La Rochefoucauld, Sobre la pasión, el amor y los celos (Ediciones Tácitas). La incontenible energía de Gumucio se desató en los 90, la década en que, al mismo tiempo, se formó como escritor y figura televisiva, y sobre la cual ahora se extiende en La edad media . Son memorias. La inequívoca segunda parte de su libro Memorias prematuras (1999).

Lo que vino después

Publicado cinco años después de su primer libro, Invierno en la torre (1995), Memorias prematuras fue justamente eso: con 29 años, Gumucio narraba con humor y desconsuelo su infancia en el exilio parisino y su adolescencia como retornado en Ñuñoa, trazando la trayectoria de un niño de futuro genial incapaz de cumplir la promesa al asomarse a la adultez. A 18 años de ese libro, Gumucio cuenta en La edad media lo que vino después. También hubo una promesa, pero una que lo excedía: Chile volvía a la democracia. Él supo lo que venía de muchas formas, pero una de las más explícitas fue una advertencia de Marco Antonio de la Parra: "El 90 es el año. Ahí va a pasar todo". Gumucio estaba listo: "Tenía 19 años, había vivido el exilio, conocía la izquierda por dentro, no abrigaba ninguna nostalgia, ningún deber con lo que ya no era posible. Era moderado, ansioso de fama, de luces, sin prejuicio alguno contra el capitalismo, es decir, contra el mercado y el éxito. Era el hombre perfecto para esos tiempos que empezaban", escribe.

Intimo y personal, el relato de La edad media es, a la vez, el retrato de una época. En el despunte de la transición, Gumucio era un alumno del taller literario de Antonio Skármeta que circulaba por las redacciones de Apsi y La Nación, aparecía fugazmente en las pantallas de TVN e intentaba sin éxito que Editorial Planeta aceptara sus manuscritos para ser parte de la Nueva Narrativa. De fondo sonaban Los Tres, y Alberto Fuguet modelaba los gustos juveniles. Él tenía 20, 21, 22, 23 años y no podía perder la virginidad. De pronto, era parte de un grupo de amigos que en serio y en broma se sentían los émulos chilenos de los londinenses del círculo de Bloomsbury (E. M. Forster, Virginia Woolf, Lytton Strachey, John Maynard Keynes), entre los que estaban el escritor Roberto Merino, el editor Matías Rivas, la pintora Natalia Babarovic y el filósofo Andrés Claro. Paralelamente, Gumucio abrazaba la contingencia y el humor al sumarse al Canal 2 Rock & Pop y hacer programas como Gato X Liebre y Plan Z. Cuando publicó un libro, la crítica lo destrozó.

"Lo que me interesa del libro es que este personaje, que es más o menos el mismo de Memorias prematuras , después de creer que está tan solo, de alguna forma, recorre toda la sociedad chilena. La televisión, la política, la literatura, todo lo que está pasando en este país y, sin embargo, termina solo en París en la casa de su mamá. La soledad es una condición inevitable", dice Gumucio en la terraza del restaurante Le Flaubert, sintiendo después de muchos años unos dolores en la espalda que, sospecha, son efectos de publicar este libro. Quizás, cree, La edad media puede arruinar las leyendas de fracaso fraguadas en Memorias prematuras . "Hacía muchos años que mucha gente me preguntaba por qué no escribía la segunda parte. Pero si escribía otro libro en que decía que el personaje al final igual lo logró, era como defraudar el primer libro. Penca", dice.

-Pero este libro no es solo sobre usted, también es un retrato de los 90, en los que participó en episodios culturales significativos de la época.

-Eso para mí fue una sorpresa inaudita. Yo estaba seguro que vivía solo y no pasaba nada. Pensaba que esa época la había desperdiciado. De lo único que no me permitía decir eso era del canal Rock & Pop, porque hay pruebas documentales que contradicen mi sensación de estar solo. Pero después, cuando he visto que (Roberto) Merino, Matías (Rivas), Andrés (Claro), Pato (Fernández), Natalia (Babarovic), todos de manera distinta, tuvieron un desarrollo, una obra... Después de todo, el juego ridículo que teníamos de ser el Bloomsbury chileno no es tan ridículo hoy. O sea, es un poco cómico. Una de las razones por las que escribí el libro es porque me di cuenta de que estuve en la tele, en los diarios, en revistas, en la literatura. Fui testigo presencial de situaciones históricas de la transición sobre las cuales se debate mucho hoy. Pero no estuve ahí con la impresión de estar ahí.

-"Era el hombre perfecto para esos tiempos que empezaban", asegura.

-Sí, porque yo no fui un crítico de la transición. Nunca me convertí a la transición, siempre estuve de acuerdo. Yo voté por el No convencido de la solución pacífica y pactada. Era completamente amarillo; el problema es que los otros se fueron poniendo cada vez más amarillos y yo me quedé igual. Yo fui parte de la transición, pese a que hoy miro algunas de esas cosas con distancia, reproche o risa... La Zona de Contacto, todo ese mundo.

-¿Cuál es ese mundo?

-La Zona de Contacto, el canal Rock & Pop, toda esa adhesión a una idea americana del mundo. En esa época yo estaba en contra de la literatura de, no sé, Faulkner o Clarice Lispector, a quienes hoy considero grandes maestros. Estaba en contra de las películas que no terminan nunca y las novelas que no tienen historia. Adhería al credo de esa época. Estaba más cerca de Fuguet que de Juan José Saer. Era parte de eso, desde una especie de lado B: con los de Bloomsbury teníamos esta cosa inglesa y, por otro lado, en Rock & Pop teníamos estos programas de humor absurdo en una forma de adherir a la ideología dominante, que era la ideología del mercado. Hay una cosa que dice Cannetti: un escritor es alguien que ama su época, pero la ama tanto que termina por decepcionarse de ella, porque su época no está a la altura de sí misma.

-¿Los 90 no estuvieron a la altura?

-Si hay una época que no estuvo a la altura de sí misma fueron los 90. O sea, una película como "La frontera", que era ciertamente crítica al cine de los 70 o al cine de Raúl Ruiz y compañía, era muy vacilante. Y lo mismo pasa con la Nueva Narrativa. Por eso, creo que el único que flota es Fuguet, porque era radicalmente gringo, pop. Todo el mundo habla del canal Rock & Pop, pero la mayoría de sus programas eran bastante lamentables. Son productos tímidos, de jóvenes que hablan lenguaje joven, pero que en el fondo eran súper responsables y cuidadosos. Nosotros no. Éramos gente que tomó en serio la orden de la época. Se acabó lo europeo, lo francés, entonces vamos a lo gringo, vamos a Saturday Night Live. Pero ahí nos dijeron no poh, compadre, somos gringos pero a la chilena.

-¿Qué es lo que lo defraudó de los 90?

-Hubo una cantidad de micrófonos y cámaras, no solo chilenas, sino del mundo, esperando la gran novela, la gran película o el gran movimiento... Pero no estuvimos a la altura. También pasó en la Unidad Popular: estaban todos esperando y hubo, estaba Víctor Jara. Pero en los 90, qué, ¿Joe Vasconcellos? Hay gente apreciable, Los Tres son un grupo súper bueno. Pero tuvieron una cantidad de oportunidades que ningún otro grupo ha tenido ni antes ni después, y no eran Los Prisioneros.

-¿Y en la literatura?

-Eso es patente. Hay libros que resaltan. El nadador (Gonzalo Contreras), Santiago cero (Carlos Franz), muchas cosas de Fuguet. Pero fue una oportunidad gigantesca desperdiciada. Ahora, hay muchas razones para ello. El miedo, por ejemplo. No estoy culpando. Me acuerdo de frases de la época: "Hay muchas cosas que decir...", "si yo te dijera...". Pero nunca se decía nada. Era una cosa ruiziana. Quizás era muy difícil de que comprendieramos la oportunidad que teníamos.

-¿No sentía una dicotomía al estar en ese grupo intelectual que se creían los Bloomsbury chilenos y a la vez hacer comedia en televisión?

-Lo sentía como una tragedia. Sentía que me estaba envileciendo en la televisión. Había aceptado a la televisión como una especie de rendición ante mi imposibilidad de ser un gran escritor y, claro, todo esto terminó cuando me enteré que Roberto Merino y Matías Rivas lo único que querían era ser parte de la tele. El Bloomsbury local no era tan serio. La tragedia era que yo no era escritor. Yo sentía que, no habiendo logrado mi objetivo, no me quedaba otra que estar en la tele y ser un cerdo fracasado y hacer cosas divertidas. Lo vivía como una dicotomía trágica. Lo que ahora me resulta totalmente cómico.

-¿Llegó a ser un payaso? ¿Un personaje de circo? ¿Un intelectual público?

-No me he negado a ninguno de mis impulsos. Cuando era chico quería ser actor cómico, después quise ser escritor. Y siempre he querido ser opinólogo. Cuando le pregunto a algunos amigos qué es lo que me separa de ser un autor prestigioso, académico, me dicen que esta propensión a la opinología y a estar en todas partes. No sé si podría evitarlo. A mí la literatura me importa demasiado y me angustia demasiado. Y esta doble vida opinando me permite sentir que estoy distraído, pensar que no me importa cualquier libro que esté escribiendo. Quizás mi única manera de conseguir el silencio que la literatura necesita es hacer todo este ruido alrededor mío. Me permite no escribir novelas para opinar. Haberme convertido en este personaje público me permite guardar la intimidad debajo de una especie de "corpóreo" de mí mismo: si me caigo, el "corpóreo" me protege.

"Yo era moderado, ansioso de fama, de luces, sin prejuicio alguno contra el capitalismo. Era el hombre perfecto para esos tiempos que empezaban"

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