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"Rick and Morty", serie animada:

Estación terminal

domingo, 12 de noviembre de 2017

Christian Ramírez
Crítica
El Mercurio




En un año especialmente pródigo en imaginería apocalíptica, una serie animada tan ácida e iconoclasta, como "Rick and Morty", podría pasar inadvertida; pero, a juzgar por los comentarios que despertó su recién finalizada tercera temporada -que emitió el canal Adult Swim- y las reacciones de quienes muy rápido se devoran los dos primeros ciclos (disponibles en Netflix), las sensaciones de sorpresa, revulsión, vergüenza ajena y shock ante la comedia sci fi se mantienen tan frescas como cuando el programa debutó, a fines de 2013, proponiendo una oligofrénica mezcla entre "Volver al futuro", "Los Simpson" y "Futurama": las aventuras interdimensionales de un desquiciado abuelo científico, su reluctante nieto y el resto de una disfuncional familia, que en un capítulo puede ventilar ferozmente sus trapos al sol y al siguiente, salvar al universo, o bien dejarlo caer.

Para quienes la lean en términos de parodia, la creación del animador Justin Roiland y el humorista Dan Harmon es la cosa real. Una disección de nuestros afectos y miserias, acaso tanto o más cruel que las ejecutadas en su tiempo por programas como "South Park" y "Padre de familia". Entre el compulsivo, borracho, egótico, irresponsable, contestatario, grosero, pero genial Rick Sánchez y su conflictuado nieto Morty Smith, poco y nada queda de la alegre y paternal complicidad generada entre "Doc" Brown y Marty McFly, los viajeros temporales de "Volver al futuro". Puesto contra la pared, perseguido por aliens o superado por las calamidades generadas por sus propias invenciones, el viejo no dudará en lanzar al chico a las bestias, más aún si eso le compra una temporal salvación de última hora; y algo parecido puede decirse del nieto, que al absorber sin descanso el torrente de traiciones y vejaciones de sus parientes, se transforma en una virtual bomba de tiempo que, de no explotar luego, podría consumir su mundo y unos cuantos otros. Pero eso es solo la mitad de la historia.

Saltando de dimensión en dimensión, destruyendo una versión del planeta y refugiándose en la siguiente, alterando sus ADN, transformándose en monstruos, reciclándose en versiones mutadas de sí mismos, observando cómo los otros Ricks y Mortys de las otras tierras replican ese mismo patrón de autodestrucción (solo que de maneras cada vez más sofisticadas y patológicas), haciendo reír, dando asco e inmolándose en su propio absurdo, la serie ha ido reclamando para sí niveles más y más extremos de vértigo y barroquismo, demostrando una ferocidad y autoconciencia que hace rato rebasó los límites de lo posmoderno. Posmodernos eran "Los Simpson". "Rick and Morty" son terminales. Monarcas y microbios en un basural donde se descompone casi un siglo de cultura pop, analizada, referenciada, vuelta del revés, comprendida, olvidada y rescatada, creada como objeto de consumo y luego vilificada por serlo. La gran épica de su viaje no pasa por derrotar a enemigos, salvar a inocentes, enmendar males, abrir nuevas fronteras o ponerlas en duda, al estilo de los héroes y antihéroes de la centuria pasada, sino por encaramarse por encima de esa montaña de mugre y, en vez de torcer la cara y hacer como que no existe, abrazarla, embeberse hasta el fondo en ese caos. Tal como el Tío Rico de los cómics, que pasaba sus días tirándose piqueros en su piscina de monedas doradas, los malditos Rick y Morty se mueven como peces en el agua, en medio de nuestra devastación.

RICK AND MORTY
Creada por Justin Roiland y Dan Harmon.
Estados Unidos, 2013-2017.
En Netflix.

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