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"Lady Macbeth de Mtsensk":

De la necesidad, admirable virtud

sábado, 14 de octubre de 2017

Por Andrés Yaksic
Cultura
El Mercurio




Los grandes méritos de esta producción de Marcelo Lombardero, que destacamos con ocasión de su estreno en 2009 y fueran luego igualmente reconocidos en sus posteriores presentaciones en teatros extranjeros, no pudieron ser apreciados esta vez, debido a la huelga de uno de los sindicatos técnicos. En la noche inaugural de la versión internacional (jueves 12), el director general del Municipal de Santiago dio personalmente las explicaciones de rigor, que fueron bien acogidas por el público.

Esto obligó a presentar una versión semiescenificada por el propio Lombardero, que compensó la ausencia de escenografía, vestuario e iluminación por una inteligente reducción a lo esencial de todo el elemento actoral. Secundado por el despliegue de las capacidades dramáticas de los solistas, particularmente notables en la protagonista y su repulsivo suegro, pero notoriamente trabajadas por Lombardero en todos los demás roles, se asistió a una suerte de nueva producción depurada hasta lo abstracto. Bastante más allá de una versión de concierto, tuvo algo de oratorio dramatizado, por los desplazamientos del coro -visualmente atractivo por el sobrio vestuario negro de gala-, mezclado con un teatro minimalista que, no obstante, transmitió todo el impacto de esta trama brutal.

Así, la pérdida de lo escenográfico -memorable hace ocho años- llevó a una natural mayor precisión con que solistas, coro, orquesta y la dirección musical (Konstantin Chudovski) entregaron su interpretación de esta compleja composición. En cierto modo, se escuchó algo parecido a una grabación de estudio, si bien con la tensión de un espectáculo vivo, y en el particular clima que suele crear una situación anómala como la que se enfrentaba. Todos, incluso el personal administrativo, se advertían como movidos por la determinación de sacar el espectáculo adelante, pese a cualquier contratiempo.

Los cantantes, supuestamente eximidos de la necesidad de desplegar sus capacidades teatrales (aunque lo hicieron), pudieron concentrarse en las vocales, con una acústica favorecida por el telón ubicado tras ellos. Extraordinaria la Katerina Ismailova de Elena Mikhaylenko, de fina teatralidad; resuelta en lo vocal, mostró dominio total del amplio y difícil abanico sonoro de esta soprano dramática. También muy en lo alto el Boris de Alexey Tikhomirov, gran actor, cuyas solas talla y presencia llenaron la escena, proyectando una figura temible y desbordante. Usó con eficacia la escasa utilería y reemplazó la amplificación para la voz de fantasma, cantando desde el fondo de la platea, logrando un poderoso efecto. Escénicamente más rígido que los otros protagonistas, el tenor ruso Mikhail Gubsky fue un Serguei con buen registro dramático, volumen e intensidad. Zinovi fue interpretado con seguridad por el muy joven tenor lírico Boris Stepanov, quien logró un buen complemento con la orquesta. Destacaron los roles de Viejo Convicto y Pope, encarados por Alexander Teliga, quien mantiene ese poderoso bajo profundo que le hemos oído anteriormente. Gran nivel del resto del conjunto: Evelyn Ramírez como Sonyetka; Paola Rodríguez como Aksinya y Mujer Convicta; Gonzalo Araya, en un histriónico y ágil Trabajador Harapiento; Sergio Gallardo como un vehemente Jefe de Policía y Molinero; Javier Weibel como Mayordomo y Sargento; Matías Moncada como Portero, Policía y Centinela; y, finalmente, Claudio Cerda, Gustavo Morales y Francisco Huerta, como trabajadores.

Con sus ventajas y desventajas, esta solución no tan infrecuente en la crónica de todas las casas de ópera, y en este caso indudablemente exitosa, tuvo el valor de no privar al público de la vivencia de una obra ya largamente consagrada entre las creaciones operísticas perdurables del siglo XX.

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