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el observador urbano

Para habitar el planeta

sábado, 12 de agosto de 2017

Miguel Laborde
Nacional
El Mercurio




Se quejan los urbanistas porque en Chile no existe una cultura del territorio que establezca orientaciones para habitar el país. En los últimos 80 años se priorizó el modelo de Estados Unidos, amplio y expansivo. Aunque sus postales son de rascacielos de Nueva York y Chicago, recortados contra el cielo, su símbolo mayor es el suburbio, tan explotado en el cine, la verde periferia donde las parejas jóvenes llegan a formar familias.

En Chile estamos en un proceso que ahora tiene dos polos, ese que persiste hacia afuera y el que ahora crece desde adentro. Las distancias largas, la congestión creciente, el tiempo escaso, han llevado a revalorar los modelos densos, europeos, donde residencia y comercio, oficinas y equipamientos, comparten espacios cercanos, muchas veces caminables o accesibles en bicicleta.

A la hora de escoger estrategias, la realidad geográfica se está haciendo presente. La ocupación del valle del Mapocho, el aire que obliga a emergencias ambientales, la disminución de suelos disponibles, todo nos sugiere considerar la gran escala.

No es menor el hecho de que habitemos en la latitud de los 33º Sur, nos dice la ciencia. Los geólogos advierten que los sismos de Santiago al norte, asociados a la placa de Nazca, son diferentes a los de aquí al sur; estamos en un lugar de encuentro, de roces a veces ásperos.

Las mayores cumbres andinas se elevan de los 33º Sur hacia el norte, por los grandes fenómenos de formación de la masa continental, con alturas que nos aíslan pero también favorecen con un glaciar como el Echaurren, con sus aportes de agua potable; cerca del 70% del consumo de nuestra ciudad. Para los expertos es preocupante que retroceda 12 metros anuales, porque desaparecería hacia el año 2050.

En clima y medio ambiente, incluyendo flora y fauna, esta latitud es decisiva; Santiago queda justo entre el Chile Central y el Norte Chico, en un punto de equilibrio moderado que siempre desincentivó la idea de trasladar la capital luego de los terremotos.

Los españoles ya se dieron cuenta de que las grandes varazones de peces en la costa, e incluso las húmedas neblinas marinas, son diferentes al sur o al norte de los 33º. También observaron que la Cruz del Sur parece tocar el horizonte justo en esa latitud. Al otro lado, en Australia -que celebra esa constelación en su bandera-, Sidney es nuestra ciudad hermana, en los 33º.

Encerrados dentro de un cordón de cerros, alejados del horizonte marino, hemos perdido ese instinto humano que lleva a considerar como propios los espacios adyacentes, como la cordillera en Santiago. Para los habitantes precolombinos, el cielo estrellado y misterioso era parte integral del lugar que habitaban. Esa escala también se percibe en los fundadores españoles, que destacaban los buenos aires y el fulgor de las estrellas, cultura que se perdió en la República cuando Londres y París comenzaron a pesar más que lo cercano.

Recién ahora, en este siglo y por el cambio climático y el calentamiento global, volvemos a pensarnos desde la posición propia y real en la que estamos parados; la de los 33º de latitud sur.

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