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"El cepillo de dientes" y "El locutorio":

Jorge Díaz: La esperanza anárquica del amor

viernes, 19 de mayo de 2017

Andrea Jeftanovic
Teatro
El Mercurio

"El cepillo de dientes" y "El locutorio" muestran a dos parejas que deben reinventar su realidad una y otra vez para no morir.



En mi investigación sobre los archivos de la dramaturga Isidora Aguirre encontré una carta que ella recibe de Jorge Díaz; ambos habían coincidido en Cuba y a partir de entonces mantuvieron un intercambio epistolar. "¡Querida Nené, no te contesté inmediatamente porque estuve en Marbella unos días. Sí, tu carta me sorprendió un poco. En fin, creí que dentro de tu bagaje abigarrado de experiencias, conversaciones, rostros y voces, yo desaparecía, aplastado. El entrar a patadas en la gente, supongo que significa, sencillamente, que te interesas por la gente. Estuve haciendo un buen rato muecas en el espejo para ver, de frente y de perfil, "tragicidad". Lo curioso es que durante mucho tiempo creí que mi soledad era un estigma, una lápida. Y de pronto descubro que es lo que me hace vivir, que es solo allí donde puedo entender a la gente (¿contradicción?), y donde encuentro justo el clima de serenidad". Dos dramaturgos con personalidades y escrituras casi antagónicas, que fueron los pioneros en dar voz al teatro chileno, van cincelando, en su correspondencia, su poética, que en el caso de Díaz, parece ser, tomando unos de sus títulos, la de un hombre que es una isla y que desde ahí imagina.

Jorge Díaz fue uno de los autores más jóvenes de la generación del cincuenta del teatro chileno. Se consagró con obras como "El velero en la botella", "Topografía de un desnudo", "El quijote no existe", entre más de un ciento de su autoría, y por su trabajo próximo al grupo ICTUS. Arquitecto de formación, comenzó a actuar y luego a escribir para abrirse paso en el teatro a través de una poética de lo grotesco, lo surrealista, los juegos del lenguaje. Este año se cumplen diez años de su muerte y para conmemorar esa fecha se reestrenan dos obras, "El cepillo de dientes" y "El locutorio", y se publica el libro "Jorge Díaz: el anarquista insomne. Biografía de un hombre de teatro (Ediciones Finis Terrae)", del autor e investigador Eduardo Guerrero del Río, un acucioso estudio de su biografía y producción teatral que intercala conversaciones, manuscritos, registro de su trabajo en España, fotos de archivo y testimonios de cincuenta voces que compartieron escena con él.

Los montajes que están ahora en cartelera, uno en el Teatro UC y el otro en el GAM, coinciden en explorar el ambivalente territorio de la pareja. Lo interesante es que se hace fuera del registro del realismo psicológico al que estamos habituados para esta problemática, para hacerlo pulsando otras teclas: el absurdo, el inconsciente, el humor, la crueldad, la ternura, las pulsiones. Este autor, Premio Nacional de las Artes de Representación y Audiovisuales en 1993, que vivió entre España y Chile, rechazaba el rótulo de "dramaturgo del absurdo" y prefería ser tildado como un autor del ridículo, de la compasión, de la crítica. Díaz sostenía en las entrevistas que "la ironía y el sarcasmo revelan más cosas que la postura grave" y esa fue la herramienta con la que entró a temas políticos y emocionales.

La pareja de "El cepillo de dientes" (Teatro UC), compuesta por Él (Luis Cerda) y Ella (Geraldine Neary), inicia una discusión alrededor de un cepillo de dientes, un elemento de la vida cotidiana que hace explotar una serie de conflictos y juegos en varias dimensiones, que se insertan en una propuesta escenográfica asombrosa, a cargo de Daniela Vargas y Andrés Poirot. En una manufactura de primer nivel, la pareja pasea por lugares que podríamos comprender como arquetípicos: un parque de diversiones, la cortina del baño, la mesa del desayuno y las fantasías de la mujer en uniforme sexy o de ahorcar al otro con el cable del teléfono y varios finales.

Montar un clásico es siempre un desafío y Álvaro Viguera ("Sunset Limited") lo sabe, por eso en su dirección respeta el texto y la estética sesentera (la publicidad), y guía a dos actores jovencísimos para subrayar lo ridículo del matrimonio burgués. Es una obra aparentemente trivial, pero en entrelíneas está el vacío de la vida, la convención de los roles, ese equilibrio precario entre el aburrimiento y el vínculo. En la función a la que asisto, una persona del público grita desde el fondo de las butacas: "Esto es una ofensa al teatro clásico chileno", que el resto de los asistentes acalla con opiniones disímiles. Quizás acá pesa la memorable interpretación de Carla Cristi y Jaime Celedón, que dejaron la vara muy alta. Quizás ese es el fantasma que opaca la correcta interpretación de Geraldine Neary y Luis Cerda, que además deben luchar contra una gran producción escenográfica que en un punto los opaca.

"El locutorio" (en GAM) es una obra menos conocida, pero no por eso menos interesante; recuerda a la obra "Un jardín secreto", del mismo Díaz, y "Dos viejos pánicos", de Virgilio Piñera. Acá la pareja, también compuesta por Él (Alejandro Sieveking) y Ella (Millaray Lobos), se encuentra a través de un vidrio en un espacio se sugiere ser un sanatorio mental. En uno de los vidrios se lee escrito con lápiz labial: "Sácame de aquí", que funciona como un grito desesperado que se modula cada vez que el hombre y la mujer mayor se encuentran y conversan.

Es un acierto el diseño de Sebastián Irarrázaval, que erige una caja de cristal que funciona como un holograma para este juego de especulaciones en esta pareja que se encuentra en la vulnerabilidad y en la confusión. Ella dice: "Nada más, así de sencillo. Somos muy viejos y tú estás en este... sanatorio, donde te cuidan mejor que yo", a lo que Él responde "Sí, somos viejos y tú mantienes tus viejas fantasías: crees que soy yo el que está encerrado. Es mejor así. Me alegro que lo creas. (Casi para sí) Sería más cruel que te dieras cuenta de tu reclusión". Suena un timbre que interrumpe el asfixiante diálogo y se supone se nos jala a la realidad; es el llamado a la merienda, pero todo motiva a ampliar más la confusión. "¿No tendremos las mismas conversaciones todos los sábados y luego las olvidaremos, verdad?". En esta y otras líneas está el tedio, la repetición, la soledad, el abandono, el deseo sexual, los tabúes. En esa ambigüedad cotejan su situación vital: "A veces pienso que no estás enfermo, sino castigado". Él: "Qué hemos hecho, Elisa. Es tan fácil sentirse culpable. Confesaríamos cualquier cosa".

Alejandro Sieveking y Millaray Lobos, con y sin peluca de anciana, están soberbios, son una dupla asimétrica, en edad y físico, que se potencia con aplomo y hace lucir este angustiante texto (que también se conoce como "Contrapunto para dos voces cansadas"). Por momentos no se sabe quién tiene la razón, si están vivos o muertos, si son más de uno, si son la proyección de sus mentes o son de carne y hueso.

Es curioso: el más solitario de los dramaturgos apuesta por una visión esperanzadora del amor. Ambas piezas muestran a dos parejas que deben reinventar su realidad una y otra vez para no morir. En esos juegos intercambian roles, ensayan diferentes formas de querer y odiar; es decir, construyen una metáfora del teatro y de la vida. Quizás habría que incorporar el absurdo, la compasión y el humor para salir airoso de algo innegable: el amor, y más aún el matrimonio, siempre tienen algo de ridículo. Algo de una persona haciendo muecas de tragicidad en el espejo.

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