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Auge | Géneros de la intimidad

Las nuevas voces de la autobiografía

domingo, 15 de mayo de 2016

Pedro Pablo Guerrero
Revista de Libros
El Mercurio

Dedicado a las biografías, autobiografías y memorias, el Premio Revista de Libros 2016 se convoca en un momento en que autores como Rafael Gumucio, Lina Meruane y Luis López-Aliaga renuevan estos géneros y se reedita a clásicos como Armando Uribe y Fernando Santiván.



"Alguna vez se dijo que Chile era un país de historiadores, pensando en su abundancia desde el siglo XIX. Lo mismo puede decirse de las memorias: Chile es un país de memorialistas", constató Leonidas Morales en "Anales de Literatura Chilena", de la Universidad Católica.

Cincuenta y nueve semanas en el ranking de los más vendidos completa hoy Un veterano de tres guerras (Academia de Historia Militar). En este libro, el periodista Guillermo Parvex transcribe, ordena y selecciona los recuerdos del militar y abogado José Miguel Varela (1856-1941), quien participó en la Guerra del Pacífico, la anexión de La Araucanía y la Revolución del 1891. Tres campañas bélicas que han marcado la historia de Chile dejando sentir sus consecuencias hasta hoy. Las fuentes del libro que editó Parvex son dos: los diarios escritos a mano por Varela, y las transcripciones de sus relatos que hizo su amigo Guillermo Canales -abuelo de Parvex-, durante varios encuentros que tuvieron en Valdivia.

Hace un mes, Lumen publicó en Chile Memorias para Cecilia , del abogado, poeta y Premio Nacional de Literatura Armando Uribe Arce. Se trata de una edición revisada del libro que apareció originalmente en 2002. Su autor explica a "El Mercurio":

"Me jactaba, y había convencido también a mi mujer -muerta en 2001-, de que yo era capaz de dictar un libro. Pero me di cuenta, haciendo la prueba, de que los libros hablados y grabados no me resultaban. Solo una vez revisados por personas aptas podían publicarse. La primera edición de estas memorias estaba llena de repeticiones y defectos. En este caso, interviniendo un escritor, Iván Quezada, quien hizo esta edición, pudo ser publicado de nuevo".

Si las memorias forman parte de lo que algunos teóricos llaman "géneros de la intimidad" -junto a los diarios, cartas y autobiografías-, redactadas por lo general en la soledad del escritorio, puede resultar extraño que alguien necesite un testigo que oficie como secretario o amanuense, para hablar de sí mismo. "Me da vergüenza no tener un interlocutor cuando escribo, siento que estoy haciéndolo como alguien que habla solo y me produce bastante repulsa el no imaginar por lo menos un interlocutor", explica Uribe, quien admite no llevar diarios desde la adolescencia, pese a que es un buen lector de las Memorias escritas por el duque de Saint-Simon y, sobre todo, del Diario de Paul Léautaud, cuyos 18 tomos revisa con frecuencia.

Uribe continuó sus recuerdos en De memoria. By heart. Par coeur (Tajamar, 2006), que abarca los años 1990-2006, y ya prepara una nueva entrega ( Vida viuda ) siempre con la ayuda de Quezada.

La autobiografía interpuesta

Tanto estos libros como el de Varela son autobiografías interpuestas, es decir, en ellas intervienen otros narradores. Un género que ha alcanzado en Chile complejas variantes, como el libro Correr el tupido velo (Alfaguara, 2009), de Pilar Donoso, que conjuga extractos del diario de su padre, José Donoso, con elementos autobiográficos, algunos desoladores. Lo mismo sucede en Mi abuela, Marta Rivas González (Ediciones UDP, 2013), de Rafael Gumucio. "Este cruce de biografía y autobiografía es uno de los libros más maduros que ha escrito Gumucio", opina Lorena Amaro, académica del Instituto de Estética de la Universidad Católica, autora de Vida y escritura. Teoría y práctica de la autobiografía (Ediciones UC, 2009) y de otro libro en preparación sobre este género en Chile.

"Gumucio tiene otros referentes -prosigue Lorena Amaro-. En el caso de la historia de su abuela, pienso en Los últimos días de Immanuel Kant , en el que Thomas de Quincey muestra al filósofo primero en su cotidianidad y después cuando está enfermo. Mi abuela... presenta al personaje desde su decadencia. Uno de los momentos más impactantes es cuando ella sale a recibirlo sin ropa, totalmente perdida".

Sorpresa causó la aparición del segundo libro de Gumucio, Memorias prematuras (Sudamericana, 1999). No solo por la edad del autor al momento de publicarlas (29 años), atrevimiento reconocido en el título, sino por su estilo cinematográfico, desenvuelto, autoirónico y nada complaciente con sus propios familiares, en especial con sus padres. "Escribo para vengarlos, para vengarme de ellos. Me separo abrazándolos, como los boxeadores se abrazan para no recibir más puñetazos", dice Gumucio. La autoimagen del narrador no es épica ni exhibe la vitalidad que se espera de alguien todavía joven. Este rasgo de cansancio, de vejez anticipada, reaparece en la escena inicial de su nuevo libro de memorias, que publicará Hueders dentro de unos meses: el autor se mira en el espejo, acaba de cumplir 25 años, pero ya sabe que será la misma cara que tendrá a los 50.

A propósito del libro sobre Marta Rivas, Lorena Amaro se pregunta hasta qué punto el relato sobre el otro no es un relato sobre uno mismo. "Por algo se escoge biografiar a una persona y no a otra. La abuela de Gumucio también salió exiliada", recuerda.

En esta línea se inscribe La imaginación del padre , de Luis López-Aliaga (Lolita, 2014). "Es un libro notable -dice Amaro-. Su enfoque es novedoso, porque habla de la migración desde la perspectiva de un peruano que llegó hace muchos años como exiliado. La idea de que el hijo vuelva a Perú, a rescatar ese país del abuelo, algo imposible, es el motor del relato". Como Gumucio, que siente la carga de llamarse igual que su padre y su abuelo, López-Aliaga escribe: "Llevo encima el nombre del padre de mi padre [...]. Pienso, más bien, en el gesto de bautizar al hijo con el nombre del padre. Supone tal vez una posibilidad de venganza o redención, un padre al que se lo convierte en hijo y se lo deja así bajo su tutela".

El abuelo llega a Chile en los años 30, durante la dictadura de Sánchez Cerro, junto a camaradas del Apra como Luis Alberto Sánchez y Manuel Seoane, que se dedican al periodismo. El nieto crece en el barrio de 10 de julio y luego en Ñuñoa, escuchando la música del país perdido y los nombres de familiares que se quedaron allá, a quienes tiene oportunidad de conocer cuando empieza a viajar a Lima. Desfilan por el libro varios escritores peruanos, desde el malogrado poeta José Santos Chocano -cuya muerte en Ñuñoa se ficcionaliza en un capítulo- hasta Alfredo Bryce Echenique, a quien el autor conoció en Chile, y Santiago Roncagliolo, su famoso primo limeño.

Viajes de autodescubrimiento

Si hasta el siglo XIX los viajes dieron pie a libros de aventuras y descripciones geográficas (Vicente Pérez Rosales, Vicuña Mackenna, Isidoro Errázuriz), en los últimos años han servido para explorar los orígenes familiares, sobre todo en el caso de escritoras con antepasados extranjeros, como lo ha estudiado Rodrigo Cánovas en Literatura de inmigrantes árabes y judíos en Chile y México (Iberoamericana/Vervuert, 2011). La novela autobiográfica Poste restante (Sudamericana, 2001), de Cynthia Rimsky, problematiza esta búsqueda en una protagonista que viaja de Santiago a Ucrania. Lo interesante, observa Amaro, es que reconstruye su desplazamiento a partir del archivo: un álbum fotográfico que encuentra en una feria libre, y luego a través de cartas, postales y anotaciones de un diario que lleva durante el viaje.

En Volverse palestina , de Lina Meruane (Penguin Random House, 2014), hay otro viaje que intenta configurar una identidad. "Es un texto autobiográfico muy valioso, escrito en capítulos breves y que se adentra en la categoría de lo ensayístico. Lo más significativo es que ella nunca había pensado en ir a Palestina. El tema aparece cuando está viviendo en Nueva York. Ahí surge el cuestionamiento sobre cuál es tu identidad: ¿Quién eres?, ¿eres chilena? Para alguien que vive allá, eres palestina, por tu apellido. Estas búsquedas se inician en un mundo global marcado por diásporas y encuentros en lugares distintos al del nacimiento", observa Amaro.

A comienzos del siglo XX eran frecuentes los libros de romerías a Tierra Santa. Prolífica escritora de diarios, Inés Echeverría (Iris) publicó Hacia el Oriente: Recuerdos de una peregrinación a la Tierra Santa . En la década de los 30, Amalia Errázuriz de Subercaseaux hizo lo propio en Mis días de peregrinación en Oriente . Viajes espirituales de naturaleza muy distinta se narran en las recientes obras Un año en el budismo tibetano , de Sebastián Olivero (Hueders, 2011), y Síndrome de Estambul , de Carlos Flores Arias (Contracorriente, 2015). Se trata en ambos casos de novelas autobiográficas. Mientras el primer autor, nacido en 1982, cuenta en primera persona su ingreso a un centro budista de Providencia, sus andanzas por Santiago y un revelador viaje a Brasil, Carlos Flores (Santiago, 1981) relata, a través del personaje ficcional Sebastián Mustakis, su conversión al islam después de una visita a Turquía que realizó en 2011, adoptando desde entonces el nombre de Yahya.

"Solo el autor sabe cuánto contiene de vivido y de imaginario su relato, pero al final no importa. Es una narración que fluye con facilidad, marcadamente descriptiva, redactada con un lenguaje desnudo de personalismos retóricos", escribió de ella el crítico de "El Mercurio" José Promis. El juicio también calza a la novela de Olivero.

"En la forma como José Santos González Vera estructura el texto de Cuando era muchacho (1951) se podría ver cierta semejanza con lo que se está haciendo ahora: viñetas, fragmentos, capítulos o episodios breves, a veces con dedicatorias. González Vera viene de provincia, tiene una relación conflictiva con el padre y se inserta en el mundo laboral practicando diversos oficios, lo que saca las memorias exclusivamente de la élite y las lleva a un plano en que está presente el tema de la subsistencia", comenta Lorena Amaro.

A esta misma tradición de memorialistas contemporáneos, que rompen la homogeneidad de sus antecesores de la belle époque (Ramón Subercaseaux, Augusto Orrego Luco, Carmen Smith) y en su lugar instalan una "memoria de la diferencia" (Leonidas Morales), pertenecen Imágenes de infancia y adolescencia (1955), de Manuel Rojas, y Memorias de un Tolstoyano (1956), de Fernando Santiván. No es casual, entonces, que este año Tajamar haya reeditado aquel libro de Rojas en una versión aumentada por Jorge Guerra, y que Ediciones Universidad Austral de Chile haya recuperado las olvidadas Confesiones de Santiván (1958), con un exhaustivo prefacio de Ana Traverso en el que se destaca al autor como figura clave en el campo cultural chileno de 1900, en calidad de "fundador" de proyectos: desde la Colonia Tolstoyana -asociado con D'Halmar y varios artistas- hasta la revista Pluma y Lápiz (1912) y los Juegos Florales de 1914, que premiaron a una desconocida Gabriela Mistral.

"He conocido la miseria. Y también el hambre", declara al inicio de Confesiones de Santiván este "aristócrata de provincia" que busca la redención mediante la palabra. Como todo memorialista.

"Cuando era muchacho", de González Vera, anticipa las autobiografías de hoy, hechas a partir de viñetas, fragmentos y capítulos breves.

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