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BRAC La isla de los chilenos en Croacia

domingo, 19 de julio de 2015

Economía y Negocios
Reportaje
El Mercurio

En el sur de Croacia, en pleno mar Adriático, hay un lugar donde el nombre de Chile no resulta desconocido. Un lugar donde la gente habla de nuestro país con cariño y admiración, y donde son pocos los que no tienen algún familiar viviendo en Santiago, Punta Arenas o Antofagasta. Ese lugar se llama Brac. Una pequeña isla de rocas blancas, viñedos y olivos de donde vinieron casi todos los inmigrantes croatas que, con el tiempo, se convertirían en algunas de las personalidades más reconocidas e influyentes de Chile.



A Nevenka Solovera no le gustan los cementerios. Pero si hoy está aquí, caminando entre tumbas bajo el sol de Supetar, el pueblo principal de la isla de Brac, es por una razón: en Brac, hasta los muertos son familiares.

Nevenka Solovera es chilena, de madre croata, y vive parte del año en Brac, Croacia, donde tiene un hotel boutique en el centro del pueblo al que, año a año, llega una cantidad considerable de chilenos. Y todos, o casi todos, vienen aquí, al cementerio de Supetar.

El cementerio es muy pequeño -se recorre de un extremo a otro en un par de minutos- y desde aquí se puede ver el profundo color turquesa del Adriático justo al frente. Sin embargo, lo que más llama la atención no es el mar, sino que un gran mausoleo blanco, tan grande que se ve incluso cuando uno viene llegando en barco a Brac.

Nevenka se acerca al mausoleo compuesto por una enorme capilla blanca con tres cúpulas y tres cruces, y se detiene frente a un relieve donde se ven las imágenes de un cóndor y un huemul, y una inscripción que dice: "Por la razón o la fuerza", la misma leyenda del escudo chileno.

-En Croacia es sabido que los de Brac se fueron a Chile. Yo siempre lo supe -dice Nevenka quien, si bien nació en Chile, a los 10 años y tras la muerte de su padre se vino a Croacia con su madre y dos hermanos. Con el tiempo se radicó definitivamente en Split y abrió, en Brac, Villa Adriática, el hotel que maneja junto a su marido croata.

El mausoleo con el escudo chileno pertenece al empresario croata Francisco Petrinovic, quien salió de Brac en 1900 e hizo gran fortuna en Antofagasta y Santiago, primero en la industria del salitre y luego en la navegación. Su mausoleo es uno de los mayores hitos de esta verde y montañosa isla de 14 mil habitantes situada a una hora en ferry desde Split, la ciudad más cercana, y que, pese a su lejanía geográfica, tiene un estrecho vínculo histórico con Chile. En el cementerio de Supetar, bajo las lápidas de piedra salpicadas por la brisa del Adriático, yacen los restos de varios Boric, Dragicevic,  Vodanovic, Fadic, Papic, Tomicic o Vuskovic, entre otros apellidos que podrían sonar familiares para cualquier chileno. Estos son los que se quedaron, los que nunca dejaron Brac, los que no se convirtieron en algunos de los empresarios, políticos, dirigentes o artistas más reconocidos e influyentes de Chile.

Según datos de la Corporación Cultural Chileno-Croata, se estima que en Chile hay alrededor de 400 mil descendientes de croatas, que comenzaron a llegar hacia fines del siglo XIX y se radicaron fundamentalmente en Punta Arenas y Antofagasta. De ellos, cerca del 90 por ciento llegó específicamente desde la isla de Brac, una más de las mil que pertenecen a este país.

De acuerdo al historiador chileno Mateo Martinic, descendiente de croatas, los primeros inmigrantes de este país llegaron, específicamente a la Región de Magallanes, entre 1890 y 1893, cuando se descubrieron depósitos de oro en las islas al sur del canal Beagle. En ese momento, Croacia formaba parte del Imperio Austro-Húngaro y, como explica Martinic en su libro La Inmigración Croata en Magallanes, lo que más los atrajo fueron las posibilidades de progreso individual y colectivo, que en su país estaban limitadas por la rigidez social de la época. "Una vez en Chile -escribe Martinic- los inmigrantes pronto comprendieron que esta era una nación libre de odiosos privilegios, cuyo democrático y saludable vivir en el respeto de los derechos del hombre garantizaba a cualquiera una posibilidad cierta de ascenso social mediante un legítimo y honesto esfuerzo".

El oro del sur -y también el salitre del norte, la gran fuente de riqueza del país por entonces- no fue lo único que gatilló la estampida. Según Martinic, muchos croatas estaban agobiados por el control del Imperio Austro-Húngaro y la obligación de hacer el servicio militar, por lo que tomar un barco e irse a Estados Unidos, Australia, Canadá, Argentina o Chile -los principales destinos de la diáspora croata- era una gran oportunidad para evadirlo, y para escapar de la miseria que había provocado la epidemia de filoxera, que a comienzos de 1900 afectó a las vides de Brac y, con ello, a la principal fuente económica de la isla: la producción de vinos. Se estima que casi 8.400 personas abandonaron Brac por entonces, es decir, más de la mitad de su población. La estampida seguiría creciendo con los años, alentada por las excelentes noticias que llegaban de Sudamérica: a los que se habían ido estando muy mal, ahora les estaba yendo muy bien.

-Mi abuelo materno nació en Split y se fue a Chile en 1913. Tenía solo 15 años -dice Nevenka Solovera, ahora sentada frente a la pequeña marina de Supetar, donde flotan veleros y lanchas de fibra de vidrio-. Él se fue en busca de riqueza, o de una mejor vida, no lo sé, pero porque estaba de moda irse a Chile. Había un barco de carga que salía a Sudamérica y los más valientes se subían pensando en que les iba a ir mejor. Se iban con lo puesto. Mi abuelo llegó a Antofagasta, empezó trabajando en cualquier cosa y así fue juntando dinero. A los pocos años regresó a Croacia y pudo construir un edificio en Split.

El abuelo de Nevenka regresó a Croacia con una pequeña fortuna bajo el brazo, pero a muchos de los croatas que se quedaron en Chile les fue aún mejor. Como a Policarpo Luksic Ljubetic, por ejemplo, también de Brac, padre de Andrónico Luksic Abaroa, nacido en Antofagasta en 1926, quien fundó Antofagasta PLC y Quiñenco S.A., dos de los conglomerados económicos más importantes del país, hoy encabezados por su hijo, el hombre más rico de Chile y una de las mayores fortunas del mundo según la revista Forbes: Andrónico Luksic Craig.

Nenad Rajevic nunca ha salido de Brac, pero cuando le preguntan por Chile una imagen muy clara se forma en su cabeza:

-Pienso en riqueza. En un lugar de mucha prosperidad.

Nenad Rajevic,  un alto y fornido braciano de unos 50 años, es dueño de Agroturismo Ranjak, una granja en la localidad de Nerevisce, al interior de la isla, rodeada por olivos, vides y lavandas, donde se prepara una de las especialidades culinarias de esta región: el cordero trozado a la parrilla.

-Tengo un primo que es dentista y vive en Antofagasta -dice Nenad en su granja, mientras da vuelta un pedazo de cordero con unas pinzas metálicas. Es una calurosa tarde de verano en Brac que se vuelve casi infernal cerca de la parrilla-. Sé de mucha gente a la que sus familiares les solían mandar dinero desde Chile. ¿Hay un mall grande en Antofagasta, cierto?

Los 22 pueblos que hay en Brac -algunos desperdigados en la costa; otros, en el interior- están hechos de piedra y por eso lucen pulcros y uniformes, con casas blanquecinas de tejuelas rojas que se encaraman en los cerros, entre pequeños callejones y escaleras de piedra, y donde siempre se distingue una iglesia con una gran torre a su lado. La isla es pequeña: de un extremo u otro mide casi 50 kilómetros, y está atravesada por ondulantes y solitarios caminos de cemento que surcan las montañas. Salvo en los pueblos principales, como Supetar, Bol o Sutivan -de donde salieron los Luksic-, Brac aún luce como un sitio rural y campesino, de agricultores y pescadores, de aceite de oliva, queso de cabra y vino casero. En la rústica Brac, además, todavía son visibles las canteras de piedra blanca, similar al mármol, de donde se sacó el material para construir el famoso palacio del emperador Diocleciano en Split y, se dice, algunas partes de la Casa Blanca, en Washington.

El pueblo de Skrip, al interior de la isla y el más antiguo de Brac, también se hizo con esas piedras. Allí, sobre la muralla de una antigua fortaleza medieval, está la placa -de piedra- que el Presidente chileno Ricardo Lagos ofrendó en esta isla el 30 de enero de 2004, y que dice: "En homenaje a todos aquellos croatas que emigraron al sur del mundo para sumarse al desarrollo de Chile, entregando el aporte de hombres y mujeres, hijos laboriosos de estas tierras cuyas virtudes han contribuido a la grandeza de mi país".

Nenad Rajevic, el granjero del pueblo de Nerevisce, cree que el histórico trabajo de la piedra es una de las razones que explican por qué les fue tan bien a quienes dejaron esta tierra en busca de mejores oportunidades.

-Los inmigrantes croatas eran luchadores y en Brac aprendieron a trabajar duro. Ellos sabían tallar la piedra.

Se dice que Zlatni Rat es una de las playas más lindas del mundo. Ubicada en el pueblo de Bol, en la costa sur de Brac, tiene una curiosa forma de "V" que a veces cambia con el viento y unas aguas calmas, tibias y transparentes donde llegan veleros de toda Europa.

La mayoría de los turistas va a Brac solo para conocer esta playa, que encaja perfecto con el estilo de la isla: no tiene arena, sino piedras. Pero los turistas chilenos lo hacen también por la nostalgia, por las raíces. Como Myrna Domincic, de 48 años, cuyos abuelos nacieron en Supetar y a comienzos del siglo XX se fueron a Antofagasta en busca de mejor vida. Hace dos meses, Myrna cumplió su sueño de ir a Brac con su marido para conocer la casa donde nacieron sus abuelos y ver con sus propios ojos estas aguas cristalinas.

-Siempre se me quedó grabado lo que decía mi abuela sobre el mar en Brac: que se te caía un anillo en el agua y lo veías. ¡Y el mar era de verdad transparente! -recuerda Myrna Domancic en su casa en Santiago-. Yo quería ver dónde habían nacido mis abuelos. Nos habían dado algunos datos para encontrar la casa, hasta que al final dimos con ella. Tuvimos que meternos por unos callejones, sin números ni nada, y llegamos. La casa estaba cerrada, pero pudimos verla por fuera. Fue muy emotivo, desde que tomamos el ferry rumbo a Supetar, y cuando nos fuimos de la isla también. Yo pensaba: qué atroz debe haber sido para los pobres viejos cuando partieron, haber dejado a su familia, a sus amigos, y salir de un lugar tan lindo. Yo lo encontré precioso y me encantaría volver. La isla para mí siempre ha sido como un cuento de hadas.

El escritor chileno Antonio Skármeta también es de origen croata. Su abuelo Esteban nació en el pueblo de Bobovisce, en la costa oeste de Brac, y fue a parar a Antofagasta a comienzos del siglo XX, "donde cultivó una discreta pobreza y un bigote imperial", como él mismo dice.

Skármeta nació en Antofagasta y fue por primera vez a Brac en los años setenta, mientras vivía en Berlín. Aunque luego regresaría varias veces más, ya como escritor consagrado, ese primer viaje fue inolvidable.

-Para mí fue una emoción muy grande, porque estábamos en el comienzo de la dictadura en Chile, y llegar allí, siendo mis ancestros de ese lugar tan pequeño, me produjo una notable sensación de tranquilidad, de paz interior -dice hoy Skármeta, por teléfono desde su casa en Santiago-. Me quedé en la casa de mi tío Stjipe, a quien no conocía, pero que sentí como mi padre. Para alguien que en ese momento no tenía hogar, sentí que inmediatamente tenía uno. Fue muy bonito. Una sensación de reencuentro.

Skármeta se sorprendió al constatar que muchas de las historias que su abuelo solía contarle cuando vivía en Antofagasta, y que le parecían irreales, eran ciertas.

-A mi abuelo le gustaba nadar y contaba que cuando vivía en Brac se despertaba en la mañana y saltaba desde la ventana al mar. Efectivamente: la casa está en la bahía misma, entonces era absolutamente posible, era real, porque entré y subí al segundo piso. Incluso pensé en hacerlo yo mismo. Eso después nutrió mucho mi fantasía, porque muchas de estas cosas que parecen tan irreales o inconmensurables, a veces pasan en la realidad.

Hoy, salir y llegar de Brac no es la trágica epopeya de antes. Existe un ferry, que más bien parece un crucero, que conecta en una hora Split con Brac y hasta catorce veces al día en verano, desde las cinco de la mañana hasta las doce de la noche. Es una navegación tranquila y placentera, porque el Adriático es como una piscina: casi no tiene olas. Lo único que a veces puede dificultar el viaje es el bura, un impredecible viento del norte, frío y seco, que sopla desde el interior del continente hacia el mar y que puede alcanzar ráfagas de hasta 200 kilómetros por hora.

-El bura limpia el cielo y a veces permite ver hasta Italia -dice Nevenka Solovera, en la cima del Vidova Gora, el cerro más alto de Brac y de todas las islas del Adriático, con 778 metros-. Qué lástima que no sea un día claro.

Hoy, una tenue bruma gris apenas deja ver las montañas de Split, que están justo al frente. Pero lo que sí se ve desde lo alto, y muy bien, es la simpleza del paisaje de Brac, donde los arbustos, los pinos negros, los olivos y las vides son "frescas explosiones entre las piedras de la isla", como dice Skármeta.

El ingeniero chileno Sergio Milic, segunda generación de croatas nacidos en Chile, estuvo el año pasado en Brac con toda su familia, y también recuerda nítidamente ese paisaje simple, verde y rocoso. Sergio Milic fue con padres, hijos, tíos y primos, para conocer el lugar donde, un día de 1887 en el pueblo de Supetar, nació Petar Milic, su abuelo, quien a los 17 años se fue a Chile en busca de mejores horizontes económicos y, también, para no presentarse en el servicio militar de tres años en el ejército imperial, que era extremadamente duro. Desde niño, Sergio Milic escuchó cientos de historias de su abuelo sobre Brac, contadas por su padre Dunav, que aún está vivo.

-Siempre me llamaron la atención las dificultades económicas de Brac y de toda esa zona -dice hoy Sergio Milic, desde su oficina en Santiago-. Y después de que la conoces en persona te das cuenta de que, si no existiera el turismo, Brac seguiría siendo un lugar rural, muy básico, muy precario. Quizás eso mismo permitió que la gente, que era de esfuerzo y trabajo, pudiera surgir al llegar a lugares donde había oportunidades, como era el caso de Chile.

Sergio Milic cuenta que su abuelo Petar llegó a Antofagasta sin un peso en el bolsillo. Que no tenía estudios superiores, pero que así y todo se pudo formar como empresario. Se dedicó a actividades agrícolas, se radicó en Santiago y, por lo cuidadoso y metódico que era, le fue muy bien. Sobre el éxito de su abuelo, en la familia Milic hay una historia que se ha transmitido de generación en generación. La contó primero Petar, la repitió por años su hijo Dunav y ahora la relata su nieto Sergio.

La historia es así: poco antes de la Primera Guerra Mundial, Petar Milic regresó de Chile a Croacia con el pretexto de regularizar su situación en el servicio militar. Pero primero pasó por Londres, donde compró ropa muy fina y, vestido con ella, se presentó en casa de su hermano mayor, que era juez en la ciudad de Pula, en el sur de Croacia, por entonces el puerto armado del Imperio Austro-Húngaro. Al verlo tan elegante y con varias libras esterlinas de oro en sus bolsillos, su hermano le preguntó: "¿Qué bendito país es ese que le permite a un chiquillo como tú volver así?". Entonces, con una sonrisa de satisfacción, Petar Milic, un croata más de Brac, le habló de la riqueza del salitre. Le habló de esa lejana tierra bendita. Le habló de Chile.

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