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¡De nuevo a la cancha!
02.04.2007
Economía y Negocios, El Mercurio
Beatriz Veloso Hirata

El escenario no es muy acogedor. Abrir una empresa en Chile requiere de nueve trámites, 27 días y un costo de 10% de ingreso per cápita, mientras en otros países desarrollados el mismo proceso puede ser realizado a través de dos gestiones, tres días y cuesta sólo 0,9% del ingreso individual del empresario.

Y si el negocio no va bien, hay que esperar cerca de seis años para cerrar la empresa y se recuperan 23 centavos por cada dólar invertido. Para tener una idea, en Canadá los emprendedores recobran el 90% de su inversión total.

Está claro que hay mucho que avanzar en esta materia. Pero algunos no están dispuestos a esperar. Y aquí revelan el porqué.

"Nos abrían líneas de crédito ridículas"
"El "sapo" Zúñiga siempre está en puras empresas que fracasan", solía escuchar Marco Zúñiga, 40 años, actual socio fundador de Biokey, una compañía de biometría -tecnología que identifica a las personas por algún atributo físico- que crece 100% al año y prevé facturar sobre US$ 1 millón en 2007.

Marco es ingeniero civil en computación por la Universidad de Chile y no esperó titularse para armar su primera empresa. De hecho, tuvo que postergar en 10 años su graduación porque Énfasis -la firma de desarrollo de software que creó con compañeros de la universidad- le ocupaba las 24 horas del día. La compañía empezó a crecer y llegó a facturar US$ 600 mil al año y tenía 14 funcionarios. "Pensábamos que siendo buenos técnicos, íbamos a lograr armar una empresa y ganar plata", cuenta Zuñiga. Pero no fue así. Faltaba la experiencia como empresarios. "Echamos a perder las dos primeras facturas porque no sabíamos cómo hacerlas", dice. La firma entró en crisis, ya no había flujo de caja para pagar los sueldos y no tenían ningún apoyo del sistema financiero. "Nos abrían líneas de crédito ridículas. Nos medían por nuestro capital, que era de 15 computadores", se acuerda Zúñiga. Tras seis años de pelea, Marco decidió dejar la compañía. Además de heredar una deuda significativa, se dañaron relaciones y el ingeniero pasó tres meses en depresión. "Cuando no estás tranquilo, es muy difícil ser emprendedor", opina. Por eso resolvió empezar una carrera como ejecutivo. En siete años, pasó por cuatro empresas y fue echado de dos de ellas. ¿El saldo? Positivo. "En Telefónica aprendí lo que son las prácticas empresariales y en AT&T cómo comercializar tecnología", cuenta.

Hasta hoy día recomienda a sus alumnos -de Ingeniería de la Universidad de Chile- que, para ser buenos emprendedores, deberían trabajar antes en una corporación grande. En 2003, tras una conversación de 45 minutos con Eduardo Monrás, su amigo y socio principal de E&D Ingeniería y Servicios, acordaron en abrir Biokey. Marco armó el equipo y Monrás entró con el capital. "Empezamos a estudiar, porque sabíamos muy poquito de biometría", dice Zúñiga. Biokey es la única empresa en Chile certificada por el FBI y que desarrolla la tecnología básica localmente. La compañía facturó US$ 500 mil dólares el año pasado, cuenta con clientes importantes, como SII, Redbanc y Registro Civil, y tienen relaciones de negocios con Francia, Estados Unidos, Inglaterra, Corea, entre otros. "Ahora estoy en biometría, pero en cinco años más, no lo sé", avisa el "sapo".

"Logré ganar plata, pero no me sentía feliz"
José Pepe Flores, 38 años, creó desde empresas de aseo hasta compañías de tecnología de la información y videojuegos educativos. Armó firmas exitosas que, según su "exitómetro" personal, fueron tremendos fracasos. Y de todas sus incursiones emprendedoras, aprendió que "la amabilidad es una parte importante del negocio".

Un personaje. Desde la época en que estudiaba ingeniería de computación en la Universidad de Chile, era el que participaba en las organizaciones estudiantiles, como representante de los alumnos y organizaba los proyectos universitarios.

En 1993 desarrolló los primeros sitios web de Chile y dos años después, abrió la primera incubadora de negocios del país.

En este mismo año, junto con dos compañeros de la universidad, creó Tecnonáutica, una empresa de desarrollo de nuevos negocios en el área de la tecnología de la información. La compañía llegó a facturar US$ 1 millón y cinco años después, fue comprada por la Telefónica.

¿Todo un éxito? No para Pepe. "Fue traumático. El concepto socialmente establecido dice que el que se forra en plata es exitoso. Bueno, yo logré eso pero no me sentía feliz", confiesa Flores.

Lo que el "Che Guevara de la Internet" quería -como fue bautizado en un artículo de la revista Capital- era desarrollar ciencia y tecnología en Chile y ser reconocido afuera.

"Ganamos portadas de diarios y revistas pero yo estaba triste. Porque emprender tiene que ver primero con una actitud de vida y yo tengo claro lo que tengo que hacer", dice.

La compañía siguió, pero sus tres fundadores, "corazón y alma de la empresa", según Pepe, dejaron el negocio.

Un año después, el emprendedor fundó Aseo Maestro, una empresa que prestaba servicios de limpieza del hogar. Pero, una vez más, la firma fracasó. No financieramente, sino que en términos "emocionales".

"Tuvimos problemas de organización con las personas que trabajaban en la compañía", explica Pepe.

La última -y actual- empresa creada por Pepe es Newtenberg, un laboratorio de desarrollo de tecnologías que sirve de incubadora para nuevos negocios, como la introducción de los videojuegos como parte del proceso de aprendizaje de los niños o soluciones para intervenir en la organización de la sociedad en los ámbitos de la salud, educación y trabajo.

El futuro de Newtenberg nadie sabe, pero Pepe tiene claro que "las empresas amables -las que hacen una colaboración competente y buscan perfeccionarse y a su entorno-permanecen y han permanecido siempre".

"Si te va mal, nadie te llama"
Entre ocho y diez empresas ha formado Jorge Arancibia, 37 años, hasta el momento. "He tenido grandes aciertos y equivocaciones", dice este ingeniero comercial de la Universidad Católica. Arancibia partió con una compañía de servicios de aseo industrial, en 1995, pero encontró que se trataba de un rubro "poco desafiante intelectualmente" y decidió vender 50% de la firma a los dos años de su fundación. Al año siguiente abrió Open Chile, una empresa de desarrollo de sitios web y portales, responsable por la creación de openchile.cl, uno de los cinco dominios más visitados en el país. El negocio facturaba US$ 1 millón al año y empleaba a 36 personas, pero en 2001 Jorge decidió venderla al grupo norteamericano Star Media. "Nos ofrecieron una buena oportunidad", agrega. Pero el monto es confidencial. Habría que empezar de nuevo, pero ahora, con capital en el bolsillo. Un mundo de posibilidades. Pero como bien dice el dicho "quien mucho elige, con el peor se queda". Arancibia armó Nueva Voz, una firma de marketing directo interactivo. No le fue bien: tenían errores desde la gestión hasta de falta de comprensión del mercado. "Partimos y terminamos mal", confiesa Jorge. Pero de algo sirvió. Tanto las malas como las buenas experiencias. Si por un lado la reinserción es difícil porque en Chile "somos súper "exitistas" y si te va mal, nadie te llama o te contesta", por otro, el aprendizaje es positivo. "Uno se pone más analítico, crítico, aprende a manejar mejor los tiempos y las negociaciones. Eso te genera menos ansiedad y de ahí se cometen menos errores", explica.

Cuando creó Nueva Voz, tenía "mucha gente y poca demanda", pero en su última incursión partió sólo con un socio. Se trata de Neo Plus Technologies, una empresa de representaciones de una tecnología israelí de ahorro de combustibles industriales y que planea facturar cerca de US$ 2 millones este año.

"Exportamos a Perú, Colombia, México y Estados Unidos. Ahora tengo muchos más proyectos de lo que puedo abarcar", cuenta Arancibia.

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