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El sello de los ganadores
24.10.2006
Enfoques, Economía y Negocios
MARCELA LORCA

Fueron tres días de una maratónica ronda de entrevistas que debieron cumplir los 20 finalistas provenientes de todos los países donde opera Endeavor. Para los seleccionados chilenos, Sao Paulo fue la culminación de un proceso en el que partieron junto a unos 160 emprendedores nacionales. El objetivo: ser admitidos por esta organización y obtener con ello el apoyo y la experiencia necesaria para mejorar su negocio. "Nuestra gran apuesta es por personas. Por eso el 60% de los criterios de selección se centran en ésta y un 40% en el negocio", explica Gonzalo Miranda, su director ejecutivo. De esta forma, si un emprendedor decide vender su empresa o cambiar de proyecto, continuan apoyándolo.

Compromiso, capacidad de ejecución y un grado importante de innovación, han sido las claves para seleccionar desde el año 2002 a los emprendedores de diversas industrias, entre quienes figuran por ejemplo, Javier Donoso, de Geomar; Geraldine Mlynarz y Ana María Sandino, de Diagnotec; sin olvidar a "veteranos" como Rodrigo Jordán, de Vertical o Alfonso Gómez con Unlimited.

Para los dos seleccionados nacionales vendrán ahora dos años intensos para potenciar su negocio.

La oportunidad en el fracaso
Bill Gates ni se enteró de que el lanzamiento de la exitosa plataforma Windows significaría simultáneamente un fracaso y también una oportunidad de negocio para cuatro inversionistas chilenos que soñaban con desarrollar un software y venderlo miles de veces.

Mario Araya (43) era uno de ellos. Perteneciente a la primera generación de ingenieros civiles informáticos de la Universidad Técnica Santa María, le sobraban ofertas de trabajo, pero optó por el riesgo. La primera iniciativa que llevó a cabo con un grupo de cinco compañeros no prosperó. Y la segunda, asociado con su colega Sergio Concha y dos socios inversionistas, se enfrentó a serios aprietos luego del cambio impulsado por la empresa Microsoft a la plataforma con que operaban en ese entonces.

Asegura que fue la Divina Providencia la que hizo que enfrentados al dilema de reinventarse o claudicar, los llamaran del Banco de Chile para organizar un equipo de trabajo de profesionales que los apoyara en el tema informático. Sin decir que nunca habían ofrecido un servicio similar, organizaron un plan de trabajo y se lanzaron a una aventura que hoy los sitúa en un lugar de privilegio en el área de outsourcing de profesionales de tecnologías de información, dando trabajo a 900 personas en más de 50 empresas del país. La estrategia que utilizaron resultó muy atractiva. Decidieron partir desde el comienzo con una transparencia total en las tarifas, de manera que el cliente y los profesionales que ellos contrataban tuvieran claridad acerca del lucro de la empresa. "Eso generó mucha confianza y nos permitió crecer, incluso durante los difíciles años de la crisis asiática", dice Araya que asumió la gerencia general de Kibernum en el año 2003, luego de que dos de los socios iniciales decidieran retirarse. En estos tres años, ha conseguido multiplicar el crecimiento por cuatro, cerrando el 2005 con una facturación de US$10 millones.

La nueva ley de subcontratación, promulgada el lunes pasado y que entrará en vigencia en enero de 2007, les plantea un escenario que no los ha encontrado desprevenidos. "Nos estamos preparando hace un año para darles garantía absoluta a nuestros clientes de que no tendrán ningún problema con este cambio". Están listos para transformar el servicio de profesionales en uno de equipos de trabajo gestionados en forma integral por la empresa. Esto incluye la selección de los equipos, la gestión administrativa y técnica, la evaluación y su entrenamiento permanente. Para esto último están asociados con otro emprendedor de Endeavor: SKM seaprende ue les otorga soporte tecnológico de e-learning.

Los desafíos que vienen no son pequeños: mantener el crecimiento pese al cambio y, además, ofrecer servicios cada vez más sofisticados y un desarrollo integral de proyectos tecnológicos. Mario Araya tiene también objetivos más ambiciosos. Uno de ellos es elevar el estándar de los profesionales TI chilenos, para lo cual está involucrado en un proyecto conjunto con grandes empresas generadoras de tecnología y algunas universidades. "Si mejoraran los estándares, más empresas estarían dispuestas a invertir en Chile. Es necesario resolver asuntos clave, como el dominio del inglés, por ejemplo". Actualmente, cuando necesitan profesionales que dominen ese idioma los buscan en Argentina, Serbia o Perú. Eso es parte, asegura, de los beneficios de la globalización.

Energía genética
Es quizás la más joven integrante de la comitiva que acompañó esta semana a la Presidenta Bachelet en su viaje a Alemania. Karina von Baer (34), gerenta general de Oleotop, fue invitada a participar en la gira por ser una voz autorizada en la discusión que viene acerca de la adopción del biodiésel como alternativa energética. Y es que su empresa, ubicada en Freire, cerca de Villarrica, es el principal poder comprador de raps, un cereal que después del retiro de la industria del aceite del país, en el año 2000, estuvo a punto de desaparecer del giro agrícola. Hoy esta materia prima no sólo es una de las fuentes más demandadas para la fabricación de aceites para la salmonicultura, sino también uno de los cereales que más ventajas ofrecen para la producción de biodiésel.

Proveniente de una familia que por ocho generaciones ha estado ligada al tema de la genética vegetal, esta agrónoma de la Universidad Católica, con tres iniciativas empresariales en el cuerpo, ha conseguido abrir un promisorio futuro para la agroindustria de la IX Región. Decidida a demostrar que la zona donde se crió tiene un importante potencial, después de terminar su carrera se dedicó a trabajar en el extranjero en diversas empresas ligadas a la industria de las semillas. Ahí se convenció de las ventajas que efectivamente existían en la zona sur para competir en los mercados cerealeros y constató también el difícil escenario que enfrenta el sector debido a los subsidios que se aplican en el hemisferio norte. Volvió a Chile y se incorporó como socia de Saprosén, dedicada al rubro de la multiplicación de semillas.

Pero su interés por agregar valor a un producto muy depreciado la llevó a desarrollar calidades especiales para la industria. De esa manera, la empresa comenzó a generar contratos de producción, una modalidad bastante extendida en Europa, pero que en Chile se encontraba aún en pañales en este tipo de cultivos. Entre sus clientes se encontraba la industria salmonera, que en el año 2000 comenzó a buscar alternativas vegetales debido al alto precio de los aceites y harinas de pescado que utilizaba como insumos. Primero con el trigo y luego con el raps, de alto contenido energético y nutritivo, consiguieron elevar el consumo de esta industria desde un 2% a cerca del 40% del total de su demanda.

Con el aval de los salmonicultores y de sus socios Fundación Chile y el grupo Schiess, Karina von Baer consiguió levantar una planta procesadora de aceites vegetales en el plazo de un año y hacer converger a inversionistas, capitales y productores. Las ventajas de la zona comprendida entre Chillán y Osorno eran evidentes: cercanía con las salmoneras, seguridad de entrega y el importante capital de ser un área no transgénica.

Galardonada como una de las 100 mujeres líderes de El Mercurio del año 2005, el crecimiento explosivo de la empresa la ha puesto en más de una dificultad por las exigencias que ello implica. Pese a que se encuentra aún muy por debajo de la línea de la demanda, está decidida a que Chile recupere, y ojalá supere, los volúmenes de producción de raps que exhibió alguna vez -equivalentes a 60 mil hectáreas-. Esta empresaria quiere también replicar el exitoso modelo de esta industria en nuevos productos que generen mayor riqueza y estabilidad en su tierra, y, por qué no, en el área de la bioenergía.

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